[[REEMPLAZAR-IMAGEN: foto genérica de una calle de La Habana durante un apagón nocturno — buscar imagen libre de derechos con crédito]]
Cuba sufrió este lunes una desconexión total de su Sistema Electroenergético Nacional, según confirmó la propia Unión Eléctrica estatal en un mensaje de emergencia. Más de 10 millones de personas —la totalidad de la población de la isla— se quedaron sin electricidad mientras las autoridades activaban protocolos de recuperación cuya duración, como ha ocurrido en episodios anteriores, resulta impredecible. Antes de este colapso total, alrededor de dos tercios del país ya enfrentaban cortes parciales de suministro.
Lo que hace que esta noticia merezca más atención que un simple reporte técnico es la frecuencia con la que se repite. Desde octubre de 2024, Cuba ha sufrido varios apagones de alcance nacional, derivados de una combinación de escasez crónica de combustible y falta de repuestos para mantener operativas las plantas termoeléctricas, muchas de ellas con décadas de antigüedad. La crisis se agravó de manera notable desde enero, cuando Estados Unidos prohibió a Venezuela seguir abasteciendo de crudo a la isla y amenazó con aranceles a cualquier otro país que considerara suministrarle hidrocarburos.
El especialista Jorge Piñón, director del Programa de Energía para Latinoamérica y el Caribe de la Universidad de Texas en Austin, calculó que Cuba necesitaría unos 10.000 millones de dólares para superar de manera estructural esta crisis energética, una cifra que está completamente fuera del alcance de las finanzas públicas cubanas en su situación actual. Eso significa que, salvo un cambio drástico en el acceso a financiamiento externo o en la política de sanciones estadounidense, apagones de esta magnitud van a seguir siendo parte del paisaje cotidiano, no una emergencia puntual que se resuelve y desaparece.
¿Por qué debería importarle esto a alguien fuera de Cuba? Porque un apagón nacional no es solo una molestia doméstica: paraliza hospitales que dependen de plantas de respaldo con combustible cada vez más escaso, interrumpe el suministro de agua potable en zonas que dependen de bombeo eléctrico, y golpea con especial dureza a quienes menos capacidad tienen de amortiguar el golpe —adultos mayores, personas con condiciones médicas que requieren equipos eléctricos, familias sin generador propio—.
Para la comunidad cubana en el exterior, cada apagón nacional se traduce de inmediato en una oleada de llamadas de familiares preguntando por baterías, medicinas y alimentos que puedan conservarse sin refrigeración, y en más presión sobre las redes de envío de remesas que sostienen buena parte de la economía doméstica de la isla. La pregunta que debería inquietar más que el apagón de hoy es cuántas veces más va a repetirse este mismo titular antes de que algo, en cualquiera de los dos lados de este conflicto energético, cambie de verdad.