El presidente de Cuba, Miguel Díaz-Canel, advirtió este viernes que en Estados Unidos “está de regreso una nueva y más peligrosa versión del macartismo” con una “amenazante proyección transnacional”, y acusó a Washington de promover “alianzas de ultraderecha” para arremeter contra lo que definió como una supuesta “izquierda radical” en el mundo. Las declaraciones llegaron horas después de que el secretario de Estado estadounidense, Marco Rubio, encabezara una cumbre ministerial sobre el “Resurgimiento del Terrorismo Político” —el mismo encuentro que reportamos hace unos días como parte de la escalada retórica entre ambos países, coincidiendo con la advertencia del presidente Trump de que “muchas cosas van a pasar en Cuba en los próximos dos meses”.
Lo que distingue esta respuesta de Díaz-Canel de sus declaraciones anteriores es el encuadre: en vez de presentar la presión estadounidense como un asunto exclusivamente bilateral entre Washington y La Habana —el marco que ha usado durante meses para hablar del bloqueo energético y las sanciones—, esta vez la ubicó dentro de una ofensiva “transnacional” contra gobiernos de izquierda en general, buscando posicionar a Cuba no como el blanco aislado de una política específica, sino como parte de una tendencia regional más amplia que, según su narrativa, afectaría a otros países con gobiernos afines. Es una estrategia retórica que le permite a Cuba buscar solidaridad de otros gobiernos que podrían sentirse igualmente señalados, en vez de enfrentar la presión de Washington en solitario.
El contexto inmediato ayuda a entender por qué La Habana eligió este momento para escalar el tono: apenas unos días antes, el propio Díaz-Canel había respondido a declaraciones de Rubio que acusaban al gobierno cubano de haber contribuido durante décadas a la formación de movimientos de extrema izquierda dentro de Estados Unidos, y a la advertencia de Trump sobre “cosas” que ocurrirán en Cuba en los próximos dos meses. La muerte del senador Lindsey Graham —la voz más insistente en el Senado sobre extender a Cuba la presión que llevó a la caída de Maduro— dejó además un vacío en el ala más dura del Congreso justo quiendo esta escalada retórica se intensificaba desde el Ejecutivo.
Por qué esto importa para la diáspora cubana en Estados Unidos: el lenguaje de “macartismo” y “alianzas de ultraderecha” que usa Díaz-Canel busca, deliberadamente, trasladar el eje del debate desde la situación interna de Cuba —los apagones de más de 20 horas diarias, la escasez crónica, los más de 800 presos políticos que organismos internacionales siguen documentando— hacia una narrativa geopolítica más amplia sobre ideología y soberanía. Para las familias cubanas en Estados Unidos que siguen de cerca cada señal de escalada o distensión entre ambos gobiernos, este tipo de respuesta retórica no resuelve ni acelera ninguno de los problemas concretos que enfrenta la isla; funciona, sobre todo, como una defensa política dirigida a audiencias internacionales, mientras la presión económica real —sanciones, bloqueo energético— sigue su curso sin cambios visibles.