Karliana Perdomo Gotopo tiene 20 años, es venezolana, estudia último año de Negocios en la Universidad Cleary de Michigan y juega en el equipo de fútbol femenino de la institución. Se graduó con honores de la secundaria, obtuvo un título técnico mientras seguía jugando fútbol, y estaba en proceso de regularización bajo el Estatus de Protección Temporal (TPS) con una solicitud de asilo en trámite. El 26 de mayo, agentes de ICE la detuvieron durante una parada de tránsito cerca de Detroit. Desde entonces está bajo custodia, a la espera de una audiencia migratoria, mientras sus compañeras de equipo organizan colectas para pagar su fianza y sus gastos legales.

La historia de Karliana se ha contado, con razón, como una historia de solidaridad: una universidad entera movilizándose por una de las suyas. Pero el motivo por el que este caso importa va más allá de lo conmovedor que resulta ver a un equipo de fútbol universitario recaudando fondos para liberar a una compañera. Importa porque desmiente una idea muy extendida —incluso dentro de la propia comunidad migrante— de que existe un “camino correcto” para regularizarse que, si se sigue al pie de la letra, garantiza protección frente a una detención.

Karliana llegó a Estados Unidos como menor no acompañada a los 16 años, hizo su vida académica y deportiva de manera pública y documentada, y tenía un proceso de asilo y TPS en curso, exactamente el tipo de trayectoria que suele presentarse como ejemplo de integración exitosa. El Departamento de Seguridad Nacional, por su parte, sostiene que ingresó de forma ilegal en 2022 y que fue liberada en su momento por la administración anterior “sin verificación”, y que ahora recibirá el debido proceso mientras permanece detenida. Esa disputa sobre los hechos —entre lo que documenta la universidad y lo que alega el gobierno— es, en sí misma, parte del problema: miles de casos similares dependen de expedientes migratorios complejos que pueden interpretarse de maneras distintas según quién los mire.

Para la diáspora venezolana en Estados Unidos, el caso resuena con especial fuerza porque ocurre en un contexto donde el TPS para Venezuela ya viene fragmentado: la designación de 2021 fue cancelada por la administración actual, y solo la de 2023 sigue vigente para una parte de los venezolanos, con fecha límite en octubre de este año. Eso significa que decenas de miles de personas que construyeron su vida en Estados Unidos bajo la promesa de una protección temporal legal están hoy en un terreno cada vez más incierto, sin que su historial académico, laboral o comunitario funcione como garantía real frente a una detención.

Lo que hace que este caso trascienda lo individual es, precisamente, esa lección incómoda: en el clima migratorio actual, ni una trayectoria ejemplar ni un proceso de asilo en curso blindan a alguien de terminar detenido en una parada de tránsito rutinaria. Y eso es algo que le importa, de manera muy concreta, a cientos de miles de familias venezolanas que hoy viven en Estados Unidos bajo algún tipo de estatus temporal o en proceso de regularización.