[[REEMPLAZAR-IMAGEN: foto genérica de una reunión diplomática o de un avión de ayuda humanitaria — buscar imagen libre de derechos]]

El jefe del Comando Sur de Estados Unidos, general Francis Donovan, y el encargado de negocios estadounidense en Venezuela, John Barrett, sostuvieron una reunión con la presidenta encargada Delcy Rodríguez para coordinar las operaciones de asistencia humanitaria y logística tras los terremotos que golpearon al país el 24 de junio. Es un encuentro que, leído en frío, podría parecer un simple trámite de cooperación en medio de una catástrofe natural. Pero considerando el contexto reciente entre ambos países, se trata de algo mucho más significativo.

Apenas seis meses atrás, el mismo Comando Sur que hoy coordina ayuda con Caracas participaba en la operación que sacó del poder a Nicolás Maduro, con la muerte de más de 30 militares venezolanos durante el operativo. Que la institución militar estadounidense responsable de esa acción esté hoy sentada en una mesa de coordinación logística con el gobierno interino que dejó esa misma operación es una muestra de qué tan rápido puede cambiar el tipo de relación entre dos actores cuando una emergencia humanitaria de esta magnitud obliga a dejar de lado, al menos temporalmente, las tensiones políticas más profundas.

Esa disposición a cooperar en el terreno humanitario, sin embargo, no borra las tensiones de fondo que persisten en otros frentes: Estados Unidos sigue presionando económicamente tanto a Venezuela como a Cuba, mantiene una postura de desconfianza hacia buena parte del liderazgo interino heredado del chavismo, y ha condicionado el ritmo de cualquier transición política a sus propios tiempos, según han señalado analistas en semanas recientes. La cooperación humanitaria puntual convive, en paralelo, con esa presión política y económica sostenida, en una combinación que puede parecer contradictoria pero que responde a una lógica pragmática: separar la ayuda a las víctimas de un desastre natural de la disputa por el futuro político del país.

Para el gobierno interino de Delcy Rodríguez, que enfrenta un desgaste creciente de legitimidad frente a la respuesta lenta al terremoto, mostrarse recibiendo cooperación directa de Estados Unidos también cumple una función política interna: sugiere que, a pesar de las tensiones, existe un canal de comunicación funcional con Washington capaz de traducirse en ayuda concreta, un mensaje que probablemente busca contrarrestar las críticas sobre el manejo de la crisis humanitaria.

Para la diáspora venezolana, el dato más relevante de este encuentro es puramente práctico: una coordinación logística directa entre el Comando Sur y las autoridades venezolanas puede facilitar, en teoría, que la ayuda internacional llegue con menos obstáculos burocráticos a las zonas más golpeadas, algo que numerosas denuncias de las últimas dos semanas —restricciones de acceso, ayuda desviada, zonas militarizadas— sugieren que hasta ahora no ha estado garantizado en absoluto.