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Irán comenzó este sábado los funerales de Estado más grandes de su historia para despedir al ayatolá Ali Khamenei, líder supremo asesinado el 28 de febrero durante los primeros días de la guerra con Estados Unidos e Israel. Las ceremonias se extenderán seis días por cinco ciudades de Irán e Irak, con autoridades esperando entre 15 y 20 millones de personas solo en Teherán, una cifra que superaría ampliamente los 10 millones que asistieron al funeral del fundador de la República Islámica, el ayatolá Ruhollah Jomeiní, en 1989.
La magnitud del evento —feriados nacionales, espacio aéreo restringido, centros comerciales cerrados— se presenta oficialmente como una demostración de unidad popular en torno a la República Islámica. Pero la pregunta que de verdad importa seguir durante estos seis días no está en las calles de Teherán, sino en un dato que hasta el cierre de esta nota seguía sin resolverse: si Mojtaba Khamenei, hijo del líder asesinado y nuevo líder supremo designado, aparecerá en público por primera vez desde que asumió el cargo en marzo. Su ausencia sostenida, atribuida a heridas sufridas en el mismo ataque que mató a su padre, alimenta dudas sobre la solidez real del liderazgo iraní en este momento.
Esa incertidumbre sobre la sucesión ocurre en el peor momento posible para el régimen. El propio funeral llega apenas días antes de que se cumpla el aniversario de las protestas de enero, que según organizaciones de derechos humanos con sede en el exterior dejaron miles de muertos a manos de fuerzas de seguridad. Analistas citados por medios internacionales describen el momento actual como una prueba real de la capacidad del sistema clerical iraní para sostener una demostración de fuerza, justo cuando enfrenta simultáneamente el descontento interno, una economía devastada por sanciones y años de guerra, y una frágil tregua con Washington que depende de un acuerdo preliminar aún sin cerrar sobre temas tan sensibles como el programa nuclear y el control del estrecho de Ormuz.
¿Por qué debería importarle esto a alguien fuera de Medio Oriente? Porque cualquier inestabilidad prolongada en la sucesión del liderazgo iraní tiene consecuencias que se sienten en todo el mundo, incluida América Latina. El propio estrecho de Ormuz, cuyo control forma parte de las negociaciones en curso, es una de las rutas más importantes para el transporte de petróleo y gas a nivel global; su cierre parcial durante el conflicto ya afectó el suministro de fertilizantes y combustibles, con efectos que llegaron hasta las granjas de Estados Unidos, aunque analistas coinciden en que el impacto directo en los precios de supermercado ha sido, por ahora, limitado. Una nueva escalada, motivada por una transición de poder fallida o por presiones internas que el nuevo liderazgo no logre contener, podría reabrir esas mismas rutas de tensión con consecuencias económicas más amplias.
También hay una lección política de fondo en este funeral: los grandes despliegues de “unidad popular” organizados desde el poder no siempre reflejan consenso real. Numerosos iraníes, según reportes de agencias internacionales presentes en Teherán, siguen oponiéndose a la República Islámica y no olvidan la represión de enero, incluso mientras el aparato del Estado moviliza millones de personas hacia las calles. Distinguir entre la puesta en escena de un funeral de Estado y la estabilidad política real del país que lo organiza es, precisamente, la clave para entender hacia dónde se dirige Irán en las semanas que siguen a este adiós histórico.