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Lucas Gámez, un niño de nueve años nacido en Buenos Aires de padres venezolanos, fue encontrado sin vida el miércoles entre los escombros de un edificio en La Guaira, catorce días después del doble terremoto que sacudió Venezuela el 24 de junio. Rescatistas argentinos del grupo Fénix Unit Rescue, trabajando junto a equipos venezolanos y brasileños, lo hallaron abrazado a sus dos abuelos: “Se fueron juntos el primer día del terremoto”, relató el bombero Guillermo Arana. El hallazgo llegó apenas un día después de que su familia celebrara su cumpleaños número nueve frente a las ruinas del edificio, todavía con la esperanza de encontrarlo con vida.
La historia de Lucas resume, sin que nadie lo buscara, un patrón migratorio que define a buena parte de la diáspora venezolana en los últimos años: sus padres, Blancalida Martínez Coronado y Marco Gámez, emigraron a Argentina en 2013 huyendo de la crisis venezolana; Lucas nació allí en 2017. En enero de este año, la familia decidió regresar a Venezuela “por cuestiones personales”, según contó su padre. El 24 de junio, día feriado por el aniversario de la Batalla de Carabobo, Lucas fue a pasar el día de playa en La Guaira con sus tíos y abuelos; había vuelto al departamento minutos antes de que el primer sismo derrumbara el edificio. Es, en miniatura, la historia de miles de familias venezolanas que salieron durante los años más duros de la crisis y que, con la salida de Maduro del poder en enero, empezaban a evaluar un regreso —solo para encontrarse, en algunos casos, con una tragedia distinta pero igual de devastadora.
El caso generó una ola de solidaridad binacional poco común incluso para una tragedia de esta magnitud: el gobierno argentino envió brigadas de rescate especializadas (USAR), personal militar y médicos a través de un avión Embraer, un Hércules C-130 de la Fuerza Aérea y una aeronave de Aerolíneas Argentinas. Equipos especializados llegaron a usar pruebas de sonido para detectar posibles signos vitales, y durante días se reportó una fuente de calor corporal detectada a diez metros de profundidad que sostuvo la esperanza familiar hasta el final. La madre de Lucas documentó el operativo minuto a minuto en redes sociales, generando cadenas de oración que trascendieron fronteras.
A apenas 300 metros del lugar donde se encontró a Lucas, otra familia sigue esperando: Fabio Bastardo, de 9 años, permanece desaparecido desde hace más de dos semanas junto a su madre, bajo los escombros del edificio Tahití. Su padre, Francisco Bastardo, se niega a perder la esperanza, citando a especialistas que aseguran que el niño “sigue dando señales” y “responde a todo lo que se le pregunta”. La cifra oficial de fallecidos por el terremoto ya asciende a 3.811, con 16.740 heridos y 17.907 personas que perdieron su vivienda, según el más reciente balance del Gobierno interino.
El padre de Lucas, Marco Gámez, pidió explícitamente que la atención no se concentre solo en el caso de su hijo: “No se trata de personalizar una búsqueda, sino de ayudar a la gran mayoría de las personas”, dijo. Es un pedido que resume algo importante sobre esta etapa de la tragedia venezolana: catorce días después del terremoto, las historias individuales que logran movilizar a países enteros —como la de Lucas— corren el riesgo de eclipsar a las miles de familias que, sin cámaras ni cobertura internacional, atraviesan exactamente el mismo duelo en total anonimato.