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La aerolínea española Iberia anunció que retomará el próximo 9 de julio sus vuelos regulares entre España y Venezuela, suspendidos desde el 26 de junio como consecuencia de los terremotos que devastaron buena parte del país dos días antes. En paralelo, el aeropuerto Aragua Tacarigua reanudó sus operaciones comerciales este lunes, después de siete años de inactividad, como parte de un plan de contingencia aérea implementado tras los daños que sufrió el Aeropuerto Internacional Simón Bolívar de Maiquetía por los sismos.
Ninguna de estas dos noticias por sí sola cambia el curso de la crisis humanitaria que atraviesa Venezuela. Pero juntas funcionan como un termómetro poco visible, aunque real, de algo que merece atención: la infraestructura de conectividad del país —tan golpeada como sus edificios— está empezando a recomponerse, incluso mientras las labores de rescate y la reconstrucción de viviendas siguen en marcha. Que una aerolínea internacional decida retomar vuelos regulares apenas dos semanas después del terremoto es una señal de que, al menos en su evaluación de riesgo, las condiciones mínimas de seguridad operativa ya están dadas.
El caso del aeropuerto Aragua Tacarigua es todavía más revelador. Que una terminal permaneciera cerrada durante siete años y que su reactivación se decida justamente ahora, como parte de un plan de contingencia forzado por el colapso parcial de Maiquetía, muestra hasta qué punto el país tenía infraestructura de reserva sin utilizar, abandonada durante años por falta de mantenimiento o de necesidad operativa aparente. La crisis actual terminó revelando ese activo dormido, y su reactivación de emergencia podría convertirse, si se mantiene en el tiempo, en una pieza permanente de la red aérea venezolana, en lugar de una solución puramente temporal.
Para la diáspora venezolana, la reconexión aérea tiene una importancia que va más allá del simbolismo: cada vuelo regular que se restablece representa una vía adicional para el envío de ayuda humanitaria, el regreso de familiares que quieren estar cerca en este momento, y la posibilidad de que la asistencia internacional llegue con mayor rapidez y menor costo logístico. La diferencia entre depender de vuelos chárter esporádicos y contar con rutas comerciales regulares puede traducirse, en la práctica, en semanas de diferencia para que ciertos insumos o personas lleguen a donde se necesitan.
Estas dos noticias no revierten la magnitud de la tragedia ni la lentitud que muchos han señalado en la respuesta oficial en tierra. Pero sí muestran que, en paralelo a las denuncias de corrupción, desvío de ayuda y colapso institucional que han dominado la cobertura de las últimas semanas, existen también procesos de recuperación funcionando con relativa normalidad, silenciosamente, fuera del centro de atención mediática.