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Las conversaciones de paz entre Estados Unidos e Irán, celebradas este fin de semana en Islamabad, fracasaron, y Trump respondió ordenando a la Armada estadounidense bloquear el Estrecho de Ormuz y los puertos iraníes. La Guardia Revolucionaria iraní respondió con ataques contra bases estadounidenses en Baréin y Kuwait, incluyendo el puerto de Mina Salman, sede de la Quinta Flota de EE.UU. El Departamento del Tesoro, en paralelo, revocó la exención que permitía a Irán vender su petróleo crudo, otorgada apenas semanas atrás como parte de un memorando de entendimiento que ahora quedó completamente roto.

Lo que distingue esta escalada de los episodios anteriores de este mismo conflicto —que arrancó a finales de febrero— es que, por primera vez, terceros países ajenos a la disputa directa están interviniendo con acciones concretas, no solo declaraciones. China pidió explícitamente “seguridad, estabilidad y flujo” en el estrecho, argumentando que la libre circulación “sirve a los intereses comunes de la comunidad internacional”. Francia, a través de Emmanuel Macron, anunció que organizará en los próximos días, junto al Reino Unido, una conferencia internacional para coordinar una misión “estrictamente defensiva” que restablezca la navegación libre por Ormuz, excluyendo explícitamente a Estados Unidos, Israel e Irán de esa misión. Que dos potencias con intereses económicos directos en el flujo petrolero —China como comprador, Francia y el Reino Unido como potencias navales europeas— sientan la necesidad de intervenir por fuera del marco liderado por Washington es una señal de que el conflicto ya escapó al control bilateral que había tenido hasta ahora.

El impacto inmediato se sintió primero en los mercados: el petróleo Brent superó los 102 dólares por barril, con subidas de más de 7,9% en cuestión de horas, y el crudo estadounidense WTI llegó a subir 9,4% en un solo día, la mayor alza diaria desde abril. El Ibex 35 español perdió los 18.000 puntos, cayendo 1,42% en plena sesión, y las aerolíneas europeas registraron caídas generalizadas por la exposición directa que tiene el sector a los precios del combustible. Analistas como Mohamed El-Erian advirtieron sobre una “intensificación significativa” que podría empujar el crudo hasta la franja de los 80 dólares altos si la situación no se estabiliza pronto.

El propio Trump aprobó este último plan de escalada desde Ankara, en una reunión que incluyó al secretario de Estado Rubio, al secretario de Defensa Hegseth, al secretario del Tesoro Bessent y al general Dan Caine, lo que sugiere una decisión tomada con el respaldo unificado de todo el gabinete de seguridad nacional, no una reacción improvisada. El negociador principal iraní y presidente del Parlamento, Mohammad Bagher Ghalibaf, acusó a Washington de violar el memorando de entendimiento previo: “la era de la intimidación y la extorsión terminó… no nos vamos a doblegar”.

Para cualquier persona fuera del círculo de la política exterior, el motivo por el que esta escalada específica importa más que las anteriores es doble: primero, porque el involucramiento de China y de la coalición franco-británica eleva el riesgo de que un conflicto bilateral se convierta en una crisis con múltiples potencias compitiendo por proteger sus propios intereses en la misma ruta marítima; segundo, porque el impacto en el precio del petróleo ya es medible y directo, y una escalada sostenida —a diferencia de un episodio de días que se revierte rápido— es exactamente el tipo de choque que empieza a sentirse en el precio de la gasolina y, con retraso, en el costo de prácticamente todo lo demás.