El viernes 3 de julio, el sistema financiero venezolano recibió su primer cargamento formal y directo de dólares en efectivo procedentes de Estados Unidos en varios años —un movimiento inédito desde 2017. La operación fue autorizada legalmente por la Oficina de Control de Activos Extranjeros (OFAC) de Estados Unidos mediante la Licencia General N.º 57, emitida el 14 de abril, que reabrió operaciones financieras con el Banco Central de Venezuela y con bancos públicos clave —el Banco de Venezuela, el Banco del Tesoro y el Banco Digital de los Trabajadores— abarcando remesas, pagos, cuentas y servicios denominados en dólares. Es, en términos simbólicos, uno de los pasos más concretos hacia la reconexión de Venezuela con el sistema financiero estadounidense desde la caída de Nicolás Maduro en enero.
Pero el alcance práctico de esa reconexión, al menos por ahora, es limitado: el acceso a ese efectivo en las taquillas bancarias está restringido, en esta fase inicial, principalmente a clientes jurídicos y corporativos, a través de un grupo selecto de instituciones financieras. El economista venezolano Asdrúbal Oliveros estima que la asignación total de divisas para julio rondará los 1,800 millones de dólares, un monto similar al de junio, pero la expectativa de que la banca privada extienda la venta de efectivo a personas naturales —lo que aliviaría de verdad la presión sobre el sistema de pagos y corregiría distorsiones de precios en el comercio minorista— todavía depende del cumplimiento de plazos técnicos que no se han concretado.
Mientras tanto, la moneda que de verdad mueve la economía cotidiana venezolana sigue siendo otra: el USDT, la stablecoin de Tether indexada al dólar. La escasez crónica de efectivo físico y la devaluación constante del bolívar consolidaron al USDT como refugio de valor y, más importante aún, como la tasa de referencia implícita que usa la mayoría de comercios y personas para fijar precios en dólares, incluso por encima de las mesas de cambio bancarias tradicionales. La brecha actual entre el tipo de cambio oficial del Banco Central —arbitrado en torno a 675 bolívares por dólar— y la cotización del USDT en los mercados P2P, que ronda los 760 bolívares, es de aproximadamente 13%, y funciona como el termómetro más fiable de la economía real del país, muy por encima de cualquier cifra oficial.
Por qué esto importa para la diáspora venezolana en Estados Unidos: mientras el sistema bancario formal sigue cerrado para la mayoría de las familias en Venezuela, el USDT es, en la práctica, el canal que realmente usan millones de venezolanos para recibir remesas desde el exterior —más rápido, sin intermediarios bancarios y disponible las 24 horas, incluso fines de semana. Esa realidad podría cambiar en el mediano plazo con la entrada de nuevos competidores: un consorcio de 140 empresas globales, entre ellas Visa, Mastercard, Stripe y Coinbase, anunció a finales de junio el lanzamiento de una nueva stablecoin llamada Open USD (OUSD), que según Oliveros podría, si logra escalar, abaratar el costo de enviar remesas y ampliar el acceso a dólar digital para los venezolanos. Pero OUSD todavía no se ha lanzado formalmente y carece de piezas críticas de infraestructura para operar a la escala que hoy tiene el USDT.
La conclusión práctica, siete meses después de la caída de Maduro, es que la reconexión financiera de Venezuela con Estados Unidos avanza —pero avanza primero para bancos y corporaciones, no para la familia promedio. Para esa familia, la pregunta de cómo recibir dinero de un pariente en Miami o Madrid sigue teniendo la misma respuesta que tenía hace un año: no en un banco, sino en una billetera de USDT.