Si se analiza estrictamente desde el ángulo del cálculo político inmediato y la eliminación de la amenaza nuclear, para la doctrina de la administración Trump la guerra tiene sentido bajo el principio de “paz a través de la fuerza” y disuasión máxima.
Sin embargo, si se evalúa desde el análisis de riesgo macroeconómico y geopolítico amplio, el costo derivado de la inflación del petróleo, el miedo en los mercados financieros globales y la posibilidad de un conflicto asimétrico prolongado hacen que los costos estratégicos superen por amplio margen las ganancias inmediatas.
El cierre o interrupción del Estrecho de Ormuz paraliza una quinta parte del petróleo mundial. Las consecuencias directas —altos precios de la gasolina, presión sobre los bancos centrales (como la Reserva Federal) para mantener tasas de interés altas y caída en los mercados globales— contradicen el propio objetivo de estabilidad económica nacional que promueve la administración.
Trump construyó su perfil político prometiendo alejar a Estados Unidos de intervenciones costosas e interminables en Oriente Medio. Aunque la doctrina militar en Irán rely fuertemente en ataques aéreos, misiles de precisión e inteligencia estratégica, la respuesta asimétrica iraní tiende a prolongar el conflicto mediante guerra cibernética, ataques a bases regionales y volatilidad persistente, complicando la estrategia de salida rápida.
A diferencia de un conflicto convencional con objetivos territoriales claros, destruir infraestructura o decapitar liderazgos no garantiza automáticamente una transición hacia un gobierno estable favorable a Washington. El riesgo de un vacío de poder o la fragmentación del estado iraní genera focos de inestabilidad aún peores para las rutas de comercio internacional.