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Bitcoin cierra esta semana cotizando cerca de 65,000 dólares, después de haber tocado un máximo de más de un mes por encima de los 66,800 dólares apenas unos días atrás. La caída de esta semana coincide con dos presiones simultáneas: el aumento de los rendimientos del Tesoro estadounidense, que reduce el atractivo relativo de activos que, como bitcoin, no pagan intereses, y la subida del petróleo a su nivel más alto desde mediados de mayo por la escalada del conflicto con Irán. Los ETF de bitcoin al contado registraron 225 millones de dólares en salidas netas el jueves, rompiendo una racha de entradas semanales que había acumulado cerca de 999 millones de dólares.
El dato más revelador de la semana, sin embargo, no es la caída en sí, sino su magnitud comparada con lo que ocurrió en el resto del mercado financiero. El jueves, las llamadas “Magnificent Seven” —las siete megacapitalizaciones tecnológicas que dominan los índices bursátiles estadounidenses— perdieron en conjunto cerca de 797,000 millones de dólares en valor de mercado en una sola sesión, arrastrando al S&P 500 y al Nasdaq 100 a la baja y dejando a ese grupo de acciones 11% por debajo de su máximo de finales de mayo. Bitcoin, en contraste, apenas se movió durante esa misma sesión, manteniéndose relativamente estable alrededor de los 65,400 dólares.
Esa resistencia relativa es significativa porque contradice, al menos momentáneamente, un patrón que se había consolidado durante buena parte del año: la correlación cada vez más estrecha entre bitcoin y las acciones tecnológicas vinculadas a la inteligencia artificial, impulsada por la preocupación de que las grandes empresas de tecnología estén gastando en infraestructura de IA más rápido de lo que sus ganancias pueden justificar. Que bitcoin haya resistido este desplome tecnológico sin arrastre significativo es, según analistas del sector, una señal —todavía no confirmada— de una posible desvinculación entre ambos activos, algo que los inversionistas cripto llevan meses esperando ver.
De cara a la próxima semana, dos variables van a seguir determinando el rumbo del precio. La primera es la propia guerra entre Estados Unidos e Irán: el crudo Brent ya alcanzó su nivel más alto desde mediados de mayo, y cualquier escalada adicional —o, por el contrario, cualquier avance real hacia la tregua de 10 días que se sigue negociando— tiene el potencial de mover tanto al petróleo como, indirectamente, al apetito de riesgo de los inversionistas. La segunda es el avance legislativo de la Ley Clarity en el Congreso: la senadora Cynthia Lummis advirtió esta semana que la propuesta legislativa podría requerir cambios adicionales antes de tener una oportunidad real de aprobarse, lo que mantiene la incertidumbre regulatoria como un factor de presión constante sobre el mercado.
En términos técnicos, el nivel de 63,500 dólares funciona como el soporte más vigilado en este momento, dentro de una secuencia de mínimos ascendentes que arrancó en 62,000 dólares y que, de sostenerse, podría respaldar un nuevo impulso alcista más adelante. Para cualquier persona que sigue el mercado cripto con fines prácticos, el mensaje de esta semana es mixto pero no alarmante: bitcoin retrocedió desde sus máximos recientes, pero lo hizo con una resistencia relativa notable frente a un mercado bursátil mucho más golpeado, lo que sugiere que la narrativa de “refugio” que algunos analistas le atribuyen al activo podría estar empezando a manifestarse, aunque todavía sea pronto para confirmarlo con certeza.