En menos de cinco meses, tres nombres que alguna vez definieron el ecosistema cripto anunciaron su final: BlockFills en marzo, Poolin en julio, BitMEX en septiembre. Ninguno de los tres es una startup desconocida ni un proyecto oscuro de segunda línea. Poolin llegó a controlar cerca de una quinta parte de todo el poder de cómputo que protege a la red de Bitcoin. BitMEX inventó el contrato perpetuo, el instrumento financiero que hoy mueve la mayor parte del volumen diario de todo el mercado cripto. Que los tres colapsen en el mismo año, con patrones de fondo sorprendentemente parecidos, es la razón por la que vale la pena preguntarse: ¿estamos viendo una segunda ola de desaparición de gigantes cripto, distinta a la de 2022, pero igual de reveladora?
La primera ola: lo que ya sabíamos de 2022
Para entender por qué esta segunda ola importa, hay que recordar brevemente la primera. En noviembre de 2022, FTX —entonces uno de los tres exchanges más grandes del mundo— colapsó en cuestión de días después de que se revelara que había usado fondos de clientes para tapar apuestas perdedoras de su fondo hermano, Alameda Research. Ese colapso arrastró en cadena a Celsius Network y Voyager Digital, dos plataformas de préstamos cripto que prometían rendimientos altos a cambio de custodiar los fondos de sus usuarios; a BlockFi, que dependía de su exposición a FTX; y a Three Arrows Capital, un fondo de cobertura sobreapalancado cuya quiebra dejó boquetes de miles de millones de dólares en los balances de media industria. Genesis, el brazo de préstamos institucionales de Digital Currency Group, cayó poco después por la misma razón: demasiada exposición cruzada a las mismas contrapartes que ya se habían derrumbado.
El patrón de esa primera ola era el apalancamiento en cadena: empresas prestándose entre sí, usando los mismos activos como colateral varias veces, hasta que una sola ficha —FTX— tumbó a todas las demás en semanas. Fue rápido, visible y estuvo concentrado en un período de apenas unos meses.
Poolin: la empresa que tardó cuatro años en morir de verdad
El caso de Poolin es distinto, y por eso es el más revelador de esta segunda ola. La compañía, fundada en China en 2017, ya había entrado en crisis en septiembre de 2022 —en pleno colapso de FTX— cuando congeló los retiros de su producto de billetera con intereses, dejando a unos 11.700 clientes con IOUs (pagarés) por 163,7 millones de dólares. Pero Poolin no se declaró en quiebra en ese momento. Siguió operando como una especie de empresa zombi durante casi cuatro años, intentando reconstruirse a través de una expansión de minería en Texas financiada con un préstamo de 213 millones de dólares respaldado por las propias criptomonedas de sus clientes como garantía.
Esa apuesta no funcionó: los permisos de conexión eléctrica en Texas se retrasaron, los precios de bitcoin no se recuperaron a tiempo, y los prestamistas terminaron liquidando el colateral. Poolin detuvo por completo sus operaciones de minería el 10 de julio de este año y se declaró formalmente en quiebra el 22 de julio, con 173 millones de dólares en deudas y apenas entre 1 y 10 millones de dólares en activos disponibles. Una oferta de 52 millones de dólares por sus instalaciones en el oeste de Texas es, según los propios documentos judiciales, la única recuperación real sobre la mesa para acreedores a quienes se les debe cerca de 173 millones. Antes de esta liquidación, Poolin ya prácticamente no minaba nada: su participación en el poder de cómputo global de Bitcoin, que llegó a rondar el 20% en 2019, cayó a un residual 0,2% mucho antes de este cierre formal.
Hay, además, un giro adicional en esta historia que conecta el colapso de Poolin con algo mucho más grande que sus propios errores financieros: empresas como Bitfarms, Hut 8 e IREN ya convirtieron parte de su capacidad energética hacia cargas de trabajo de inteligencia artificial en lugar de minería de bitcoin, y MARA Holdings adquirió recientemente un sitio de 2 gigavatios en Texas que analistas del sector interpretan como una señal clara de hacia dónde se está moviendo realmente el capital. La infraestructura que durante una década se construyó para asegurar la red de Bitcoin vale hoy más como centro de datos para IA que como operación minera, y Poolin —atrapado con deudas viejas y sin ese pivote— quedó del lado equivocado de esa transición.
BlockFills: cuando hasta los sobrevivientes de 2022 terminan cayendo
BlockFills, una firma de trading y préstamos cripto con sede en Chicago que llegó a procesar más de 61.000 millones de dólares en volumen durante 2025, se declaró en quiebra el 15 de marzo de este año, apenas semanas después de suspender abruptamente los retiros de sus clientes. La compañía —que prestaba servicios a más de 2.000 clientes institucionales, incluidos fondos de cobertura y mineras— acumuló pérdidas de entre 75 y 80 millones de dólares en operaciones de préstamo, trading y minería, y enfrentó una demanda que la acusaba de mezclar indebidamente fondos de clientes con los propios, lo suficientemente grave como para que una jueza federal ordenara congelar activos de la empresa por temor a una insolvencia inminente.
Lo llamativo del caso BlockFills es la velocidad de su desenlace final: apenas dos meses y medio después de la quiebra, la firma belga Keyrock acordó comprarla por solo 3,25 millones de dólares, una fracción simbólica de los más de 100 millones de dólares en pasivos que BlockFills arrastraba. Es exactamente el tipo de desenlace —de procesar decenas de miles de millones en volumen a venderse por migajas en cuestión de meses— que ilustra qué tan rápido puede desplomarse el valor de una empresa cripto una vez que la confianza de sus clientes institucionales se rompe.
BitMEX: el pionero que cierra entre demandas por “acceso de dios”
BitMEX, el exchange que inventó el contrato perpetuo —el instrumento derivado que hoy domina el volumen de trading cripto en todo el mundo—, anunció que cesará operaciones por completo el 23 de septiembre de este año, después de una “revisión estratégica del negocio”. El mismo día del anuncio, dos extraders presentaron una demanda colectiva acusando a la plataforma de operar un “Escritorio de Trading Interno” con acceso privilegiado —lo que la demanda describe literalmente como “acceso de dios”— a las posiciones de los clientes, usado para liquidarlas de forma forzada durante congelamientos del servidor que dejaban a los usuarios comunes sin poder cerrar sus propias posiciones.
El token nativo de la plataforma, BMEX, se desplomó cerca de 90% tras el anuncio del cierre. Los tres cofundadores de BitMEX —Arthur Hayes, Ben Delo y Samuel Reed— ya habían sido indultados por Trump en marzo de 2025 después de declararse culpables en 2022 de violar leyes de secreto bancario, pero ese indulto resolvió únicamente su exposición penal, no la civil: la nueva demanda, presentada el mismo día del cierre, busca la devolución de 622,66 bitcoins —unos 40 millones de dólares— más daños punitivos.
Por qué esta ola es distinta a la de 2022, y qué señales vale la pena vigilar
La primera ola de 2022 fue una reacción en cadena de apalancamiento: empresas cayendo unas sobre otras en cuestión de semanas porque compartían las mismas contrapartes y los mismos colaterales reciclados. Esta segunda ola es más lenta y más dispersa: son empresas que arrastraban problemas de fondo desde hace años (Poolin), que fallaron por decisiones internas de gestión de riesgo sin necesidad de un contagio externo (BlockFills), o que finalmente rindieron cuentas por prácticas cuestionadas de hace más de una década (BitMEX). No hay un solo detonante común, sino una acumulación de modelos de negocio frágiles que el mercado alcista de los últimos años ayudó a disimular.
El propio colapso de Poolin dejó, en redes sociales, una lección que resume bien el patrón detrás de buena parte de estos casos: cualquier plataforma que ofrezca rendimiento por depositar tus criptomonedas está, casi por definición, usando esas monedas como colateral para apalancarse en otra parte. “No tus llaves, no tus monedas” —la frase que resume el principio de que solo el bitcoin que controlas directamente en tu propia billetera es realmente tuyo— sigue siendo, cuatro años después de FTX, la distinción más simple entre quienes perdieron todo en estos colapsos y quienes salieron ilesos. Para cualquier trader o especulador que siga de cerca este ecosistema, la pregunta correcta ante la próxima plataforma que prometa rendimientos atractivos no es si el proyecto suena sólido, sino, simplemente, quién tiene la custodia real de las monedas mientras ese rendimiento se genera.
