El precio de la gasolina en Estados Unidos continúa su tendencia alcista sostenida, impulsado directamente por la tensión geopolítica en Oriente Medio y el bloqueo del Estrecho de Ormuz que documentamos en repetidas ocasiones a lo largo de las últimas semanas. Según datos de la Asociación Americana del Automóvil (AAA), el precio promedio nacional se ha movido considerablemente al alza desde que se intensificó el conflicto entre Estados Unidos e Irán, con incrementos semanales que en distintos momentos de este año han llegado a superar los 25 centavos por galón en una sola semana.
El momento en que llega esta nueva alza no es casual: se produce justo en la antesala del CPI de julio, que se publica este miércoles y que, como explicamos hoy mismo en nuestra cobertura de Economía, es el dato que definirá si la Reserva Federal mantiene su pausa de tasas prevista para septiembre o si el mercado vuelve a inclinarse hacia una subida. El componente energético del índice de precios al consumidor recoge de forma directa este tipo de movimientos en los combustibles, lo que convierte al precio de la gasolina en uno de los ingredientes más vigilados de cara al dato de mañana.
El mecanismo detrás de esta subida ya lo hemos documentado con detalle en coberturas anteriores: el cierre parcial o la amenaza de cierre del Estrecho de Ormuz —la vía marítima por la que transita una porción muy significativa del petróleo mundial— sacude los mercados globales de materias primas, que a su vez determinan tanto el precio del petróleo crudo como el de sus derivados, incluida la gasolina que se vende en cualquier estación de servicio estadounidense. Aunque relativamente poco del petróleo que pasa por Ormuz llega directamente a Estados Unidos, el mercado del petróleo funciona de forma globalmente interconectada: una disrupción en cualquier punto clave de la cadena de suministro mundial se traduce, casi siempre, en un precio más alto en todas partes, incluidas las gasolineras de cualquier ciudad estadounidense.
California, como ya hemos señalado antes, suele encabezar la lista de los estados con la gasolina más cara del país, una situación agravada este año por el cierre de refinerías clave como las de Phillips 66 en Los Ángeles y Valero en Benicia, que eliminaron cerca del 20% de la capacidad de refinación del estado. La propia normativa estatal, que exige el uso de una fórmula especial de gasolina más cara de producir (la California Reformulated Gasoline), limita además la capacidad de importar combustible de otras regiones del país en caso de escasez, lo que deja a California particularmente expuesto a cualquier shock de oferta como el que atraviesa el mercado energético global en este momento.
El Departamento del Tesoro estadounidense ha proyectado en análisis previos que, en un escenario de distensión con Irán, los precios de la gasolina podrían retornar gradualmente a niveles más bajos en cuestión de semanas. Pero el propio departamento también advirtió que el principal riesgo sigue siendo la posible prolongación o agravamiento del conflicto, un escenario que, de materializarse, extendería la presión alcista sobre los precios de la energía mucho más allá de lo que el mercado anticipa actualmente.
El precio del diésel, según hemos documentado en coberturas previas de este mismo conflicto, ha subido incluso más rápido que el de la gasolina regular desde el inicio de la tensión con Irán, un detalle que afecta de forma directa los costos de transporte de mercancías dentro de Estados Unidos y que, con el tiempo, tiende a trasladarse también al precio final de una amplia variedad de productos de consumo básico, más allá del propio combustible.
Por qué esto importa para la comunidad hispana en Estados Unidos: el precio de la gasolina es uno de los gastos más visibles y menos evitables del presupuesto de cualquier familia trabajadora, y golpea de forma desproporcionada a los hogares de menores ingresos —el mismo brazo inferior de la “economía en K” que documentamos hace unos días—, que suelen destinar una porción mayor de sus ingresos al transporte que los hogares de mayores recursos. Para muchos trabajadores hispanos que dependen del automóvil para llegar a trabajos en construcción, servicios o entrega de mercancía, cada centavo adicional en el precio del galón se siente de inmediato en el presupuesto semanal, mucho antes de que ese mismo incremento aparezca reflejado, días después, en el dato oficial de inflación que la Reserva Federal analiza para tomar sus decisiones de política monetaria.
