Los ingresos por remesas hacia México sumaron un total de 30,759 millones de dólares durante el primer semestre completo de 2026, un monto 3.1% superior a los 29,842 millones de dólares registrados en el mismo periodo del año anterior, según cifras publicadas por el Banco de México (Banxico). Es una cifra que contradice, al menos por ahora y de forma bastante notable, buena parte de los pronósticos más pesimistas que circulaban a comienzos de año, cuando la combinación de deportaciones masivas y el miedo generalizado entre los migrantes a salir de sus casas para trabajar hacía temer una caída sostenida en los envíos de dinero hacia el país.
El detalle mes a mes ayuda a entender mejor la trayectoria real detrás de esa cifra semestral. Enero arrancó el año con una caída anual de 1.4%, atribuida en ese momento a una contracción de 5.2% en el número de envíos —una señal, según analistas, de que menos personas estaban enviando dinero o lo hacían con menor frecuencia, probablemente por temor a exponerse durante el proceso de envío—. Abril mostró una fuerte caída mensual de 9.49%, que Gabriela Siller, directora de análisis económico del Banco Base, atribuyó directamente al “miedo de los migrantes de salir a trabajar por la posibilidad de ser deportados”. Pero a partir de ahí la tendencia se revirtió: el primer trimestre completo cerró con un alza de 1.4%, y el semestre completo terminó consolidando ese repunte con el 3.1% de crecimiento que hoy conocemos. Solo en junio, el ingreso mensual alcanzó los 5,472 millones de dólares, una expansión anual de 4.2%.
Este repunte llega después de un 2025 que rompió una racha histórica: ese año, México recibió 61,791 millones de dólares en remesas, una caída interanual de 4.6% que representó la primera contracción anual en once años consecutivos de crecimiento ininterrumpido. Fue, en su momento, una señal de alarma real: los mexicanos representan casi la mitad de los 11 millones de migrantes irregulares en Estados Unidos, y sus remesas equivalen a cerca del 4% del producto interno bruto mexicano, lo que convierte a México en el segundo mayor receptor de remesas del mundo, solo detrás de India.
Los propios datos de Banxico ofrecen una pista sobre qué está impulsando esta recuperación: no es que más gente esté enviando dinero, sino que cada envío individual vale más. El número acumulado de operaciones durante el semestre en realidad descendió 1.8%, al pasar de 77.3 millones a cerca de 76 millones de envíos. Lo que compensó esa caída fue un incremento de 5% en el monto promedio de cada remesa, que pasó de 386 dólares en el primer semestre de 2025 a 405 dólares en el mismo periodo de 2026. En otras palabras: hay menos envíos, pero cada uno es más grande —un patrón consistente con trabajadores que, ante el riesgo de tener que reducir la frecuencia de sus envíos por miedo a la exposición, optan en cambio por mandar montos mayores cada vez que sí lo hacen.
La composición de cómo llega ese dinero también sigue evolucionando: el 99.2% de los ingresos por remesas durante el semestre llegó mediante transferencias electrónicas, por un monto de 30,516 millones de dólares, consolidando el desplazamiento casi total de los métodos tradicionales en efectivo o giros postales que dominaban hace apenas una década. Ese detalle importa porque conecta directamente con otro tema que ya cubrimos en esta sección: el impuesto del 1% que Estados Unidos aplica desde junio de 2025 a las remesas enviadas en efectivo, giros postales y cheques de caja —una medida que, al recaer específicamente sobre los métodos no electrónicos, probablemente esté acelerando todavía más esa migración hacia las transferencias digitales.
Vale la pena tener bastante cautela antes de leer este dato como una señal definitiva de que la política migratoria estadounidense ya dejó de tener impacto real sobre los flujos de remesas hacia la región. El propio comportamiento errático mes a mes —caídas pronunciadas en enero y abril, seguidas de recuperaciones en marzo y el segundo trimestre— sugiere un patrón de alta sensibilidad a eventos puntuales: operativos de ICE muy publicitados, anuncios de políticas específicas, o simplemente el ciclo natural de remesas atadas a fechas como impuestos o inicio de clases en México. Un semestre de crecimiento moderado no borra por completo la fragilidad estructural que ya quedó expuesta con claridad en 2025, cuando el mercado vivió su primera caída anual en más de una década.
El comportamiento de México, además, no ocurre en el vacío frente a lo que pasa con otros grandes receptores de remesas en la región latinoamericana en su conjunto. Países como Guatemala, Honduras y El Salvador —también fuertemente dependientes de los envíos de sus comunidades migrantes en Estados Unidos— han reportado patrones similares de recuperación gradual a lo largo de 2026, tras un 2025 marcado por caídas generalizadas atribuidas al mismo clima de intensificación migratoria. Esa coincidencia regional sugiere fuertemente que el repunte mexicano no es un fenómeno aislado ni exclusivamente ligado a factores puramente internos de ese país, sino parte de una tendencia más amplia de adaptación de las comunidades migrantes centroamericanas y mexicanas frente a un entorno de aplicación migratoria que, aunque sigue siendo agresivo, ya no genera la misma parálisis inicial de comienzos de año.
El propio Banxico ha señalado en reportes previos que los programas sociales del gobierno mexicano, incluyendo apoyos directos a adultos mayores y familias de escasos recursos, podrían estar amortiguando parte del impacto de cualquier caída en remesas sobre el consumo interno del país —un colchón de política pública que no existía con la misma fuerza en ciclos anteriores de desaceleración de los envíos, y que ayuda a explicar por qué la economía mexicana no ha mostrado señales de crisis de consumo pese a la volatilidad mensual que documentan estas cifras.
Por qué esto importa para la comunidad hispana en Estados Unidos: las remesas no son solo una estadística macroeconómica mexicana —son, para millones de familias trabajadoras en Estados Unidos, uno de los compromisos financieros mensuales más importantes que sostienen, muchas veces por encima de sus propios gastos discrecionales. Que el monto promedio por envío haya subido mientras el número de envíos bajó sugiere que muchas familias están ajustando su comportamiento —enviando menos veces pero más dinero cada vez— en lugar de dejar de enviar, probablemente como respuesta directa al clima de mayor riesgo percibido en torno a cada transacción. Es una adaptación silenciosa que rara vez aparece en los titulares, pero que refleja con bastante precisión cómo miles de familias binacionales están navegando, mes a mes, la tensión entre sostener a sus seres queridos en México y protegerse ante un entorno migratorio cada vez más hostil en Estados Unidos.
