“Es difícil encontrar muchos puntos positivos en el reporte de empleo de hoy.” Con esa frase, Cory Stahle, economista senior de Indeed Hiring Lab, resumió la reacción generalizada entre analistas tras la publicación, el viernes, del informe de empleo de julio de la Oficina de Estadísticas Laborales (BLS). La economía estadounidense perdió 23,000 puestos de trabajo en julio, en lugar de crear los 80,000 a 90,000 que anticipaban los economistas antes del reporte —una sorpresa negativa que se combina, de forma particularmente incómoda para la Reserva Federal, con una inflación que sigue muy por encima de su meta del 2%.

El dato no llegó solo. El BLS también revisó a la baja las cifras de los dos meses anteriores en un total combinado de 103,000 empleos: mayo pasó de 129,000 a apenas 63,000 puestos creados, y junio se recortó de 57,000 a solo 20,000. Es decir, lo que hace apenas unas semanas parecía un mercado laboral sólido, aunque no espectacular, se transformó retroactivamente en un mercado laboral débil durante tres meses consecutivos, no solo en julio. La tasa de desempleo, mientras tanto, bajó ligeramente al 4.1%, pero por una razón que no es motivo de celebración: la tasa de participación laboral cayó al 61.4%, un nivel que no se veía en más de cinco años, lo que significa que la cifra mejoró principalmente porque menos personas estuvieron buscando trabajo activamente, no porque más personas consiguieran empleo.

Los salarios, por su parte, apenas se movieron: el promedio por hora en el sector privado subió solo 2 centavos, hasta $37.62, un incremento de apenas 0.1% mensual, aunque acumula un alza de 3.2% en los últimos doce meses. Las pérdidas de empleo se concentraron en dos sectores muy específicos: educación del gobierno local, que perdió 50,000 posiciones, y comercio minorista, con una caída de 19,000 empleos. Otra señal que los economistas describieron como preocupante: el número de personas en licencia temporal —trabajadores técnicamente empleados pero sin actividad activa— aumentó en 153,000, hasta 921,000 personas en julio, lo que sugiere que muchas empresas están reduciendo horas antes de llegar al punto de despedir personal directamente.

Lo que hace este reporte particularmente difícil de manejar para la Reserva Federal es que llega en un contexto donde la inflación no ha dado tregua. El índice de precios al consumo se mantiene en 3.5% anual, muy por encima del objetivo del 2% del banco central, impulsado en parte por el encarecimiento de la energía derivado de la guerra entre Estados Unidos e Irán, que llevó el precio promedio de la gasolina regular a $4.04 por galón —un 36% más que a fines de febrero. Kevin Warsh, presidente de la Reserva Federal, había advertido semanas antes del reporte que quienes esperaban una política monetaria más flexible “estarían decepcionados” mientras la inflación siguiera por encima de la meta. Esa postura implica, en la práctica, que las tasas de las tarjetas de crédito, los préstamos de auto y las hipotecas seguirán siendo altas por más tiempo del que muchas familias esperaban.

El problema de fondo, como lo plantearon los analistas de CNN David Goldman y Matt Egan en un intercambio publicado tras conocerse el informe, es que Estados Unidos parece haber regresado a un escenario que muchos economistas creían superado: una economía “mediocre”, con crecimiento estancado del empleo e inflación incómodamente alta al mismo tiempo, sin que exista una solución fácil que resuelva ambos problemas a la vez. Antes del viernes, el diagnóstico predominante era el de un mercado laboral sólido, aunque no espectacular. Después del viernes, el diagnóstico cambió a uno de mercado laboral débil combinado con inflación elevada —una combinación que deja a la Fed con muy poco margen de maniobra: subir las tasas para combatir la inflación arriesga profundizar la debilidad del empleo, pero bajarlas para estimular la contratación arriesga permitir que la inflación se acelere todavía más.

Oren Klachkin, economista de mercados financieros en Nationwide, describió el cambio de expectativas en el mercado en términos directos: cada vez más inversores han abandonado la idea de que la llegada de Warsh a la presidencia de la Fed “bajaría los tipos de interés rápidamente”, y “el equilibrio de riesgos evidentemente ha cambiado”. No es un dato menor: la Fed ya había optado por mantener sin cambios su tasa de referencia por quinta reunión consecutiva a fines de julio, con tres de los doce miembros del comité votando a favor de subirla, no de bajarla —una señal clara de que, incluso antes de conocerse el débil dato de empleo, ya existía preocupación dentro del propio banco central sobre la persistencia de la inflación.

Por qué esto importa para las familias hispanas: un solo mes de datos, como reconocen los propios analistas, no basta para construir una teoría económica completa —la economía todavía creció 1.5% el trimestre pasado y las ventas minoristas llevan ocho meses consecutivos al alza. Pero la combinación de menos oportunidades de empleo con precios que siguen subiendo, especialmente en gasolina y bienes básicos, es exactamente el tipo de escenario que golpea primero y con más fuerza a los hogares hispanos, que en promedio dependen más del ingreso por hora y tienen menos margen de ahorro para absorber meses de contratación débil. La próxima reunión de la Reserva Federal, en septiembre, se perfila ahora como una de las más decisivas del año: la posibilidad de una subida de tasas, impensable hace apenas unas semanas, hoy es considerada una opción real por buena parte del mercado.