El mercado laboral estadounidense entregó este viernes la sorpresa negativa más grande del año: la economía perdió 23,000 empleos netos en julio, frente a una creación de alrededor de 80,000 puestos que esperaba el consenso de analistas, según el Employment Situation Summary publicado por la Oficina de Estadísticas Laborales (BLS). Es la primera vez en meses que el reporte mensual muestra una contracción neta, no solo una desaceleración en el ritmo de contratación.

La tasa de desempleo, paradójicamente, bajó a 4.1% desde el 4.2% de junio. Pero el detalle detrás de esa cifra es la parte más preocupante del reporte, no la más alentadora: la tasa de participación laboral cayó a 61.4% (0.1 punto menos), la fuerza laboral civil se redujo en 264,000 personas, y el número de personas empleadas según la encuesta de hogares bajó en 87,000. En otras palabras, el desempleo no bajó porque se crearan más empleos, sino porque cientos de miles de personas dejaron de buscar trabajo activamente y, por definición estadística, salieron del cálculo. El número de desempleados se mantuvo prácticamente sin cambios, en 6.9 millones.

Las revisiones a los dos meses anteriores agravan el panorama. Mayo fue revisado a la baja en 66,000 empleos (de +129,000 a apenas +63,000), y junio se revisó a la baja en 37,000 adicionales (de +57,000 a solo +20,000). En conjunto, mayo y junio combinados resultaron 103,000 empleos por debajo de lo que se había reportado originalmente —una revisión que, sumada a la caída de julio, dibuja un mercado laboral considerablemente más débil de lo que el propio gobierno pensaba que tenía hace apenas dos meses.

Por sectores, las caídas más marcadas se concentraron en la educación del gobierno local, que perdió 50,000 empleos, y el comercio minorista, con una baja de 19,000. Las actividades financieras continuaron su tendencia descendente con una pérdida de 14,000 puestos. El único sector con una ganancia notable fue el de atención sanitaria, que sumó 22,000 empleos —un ritmo más lento que su promedio reciente, pero suficiente para seguir siendo, mes tras mes, el motor casi solitario del crecimiento del empleo estadounidense en 2026. El resto de los grandes sectores —construcción, manufactura, ocio y hostelería— mostraron cambios mínimos.

Los salarios, mientras tanto, no ofrecieron ningún alivio adicional: las ganancias por hora promedio de todos los empleados privados subieron apenas 2 centavos, hasta 37.62 dólares, un incremento interanual de 3.2%. Para los trabajadores de producción y no supervisores, el alza fue de 4 centavos, hasta 32.40 dólares. La semana laboral promedio se mantuvo sin cambios en 34.3 horas —todos ellos indicios de un mercado que no solo dejó de crear empleos netos, sino que tampoco está generando presión salarial adicional.

Este resultado llega en un momento particularmente sensible para la Reserva Federal, que bajo la conducción del nuevo presidente Kevin Warsh ha enfrentado semanas de indefinición sobre el rumbo de las tasas de interés, con el comité dividido entre halcones que temen una inflación todavía elevada y quienes ven signos crecientes de debilidad económica. Firmas como JPMorgan habían advertido antes de la publicación de este viernes que un reporte débil —muy por debajo de 60,000 empleos— reduciría con fuerza las probabilidades de una subida de tasas en septiembre, mientras que un dato como el de hoy, con una contracción neta real, apunta en la dirección exactamente opuesta al escenario que preocupaba a los halcones del banco central: refuerza de forma considerable el argumento de quienes piden un recorte de tasas antes de fin de año, no una subida.

El contexto de la semana ayuda a entender por qué este resultado, aunque sorprendente, no llegó de la nada. El informe privado de ADP, publicado el miércoles, ya había anticipado parte de esta debilidad con apenas 44,000 empleos privados creados en julio, muy por debajo de los 68,000 esperados y la cifra más baja en seis meses. Esa misma semana, sin embargo, el Dow Jones venía encadenando récords consecutivos, impulsado por el optimismo sobre un posible acuerdo en el Estrecho de Ormuz —una combinación que, como explicamos el jueves, dependía en parte de que el mercado laboral mostrara suficiente debilidad como para justificar un giro más flexible de la Fed, sin cruzar la línea hacia una señal de recesión real. El dato de hoy pone a prueba exactamente ese equilibrio: una contracción neta de empleos ya no es solo “debilidad manejable”, es la primera señal concreta de que el mercado laboral estadounidense podría estar entrando en una fase distinta.

Las revisiones a la baja de mayo y junio merecen una explicación aparte, porque no son un simple ajuste técnico menor. Cuando el BLS revisa dos meses consecutivos hacia abajo por un total combinado de 103,000 empleos, y luego el mes más reciente arroja directamente una pérdida neta, el patrón que emerge no es el de un mercado laboral que se desacelera gradualmente, sino uno que probablemente ya venía debilitándose desde hace más tiempo del que las cifras preliminares habían sugerido. Este tipo de revisiones sucesivas a la baja —donde cada nuevo reporte empeora la fotografía de los meses anteriores— es precisamente el patrón que los economistas describen como más peligroso para la formulación de política monetaria: la Reserva Federal toma decisiones con datos preliminares que, mes tras mes, resultan haber sido demasiado optimistas, lo que aumenta el riesgo de que el banco central llegue tarde a reaccionar frente a un deterioro que ya estaba en marcha.

El efecto sobre el dólar es otro hilo que conecta directamente con lo que venimos cubriendo toda la semana. Un dato de empleo tan débil como este refuerza las probabilidades de que la Fed recorte tasas más pronto de lo previsto, y las tasas más bajas generalmente presionan al dólar a la baja frente a otras monedas —el mismo mecanismo que documentamos la semana pasada con la intervención coordinada de Japón y Estados Unidos en el mercado de divisas. Un dólar más débil altera de forma directa el valor real que reciben las familias al otro lado de una remesa enviada desde Estados Unidos hacia México, Colombia, Venezuela o cualquier otro país de la región, lo que convierte a un dato aparentemente técnico como este en algo con consecuencias muy tangibles fuera del propio mercado laboral estadounidense.

Por qué esto importa para la comunidad hispana en Estados Unidos: los sectores más golpeados en este reporte —comercio minorista y educación del gobierno local— emplean de forma desproporcionada a trabajadores hispanos en muchas regiones del país, lo que significa que esta contracción no es solo una cifra abstracta en un comunicado del BLS, sino un riesgo directo sobre empleos concretos en comunidades donde ya cubrimos esta semana otras presiones simultáneas, como la intensificación de operativos de ICE. Al mismo tiempo, una fuerza laboral que se reduce en cientos de miles de personas —ya sea por desánimo al buscar empleo o por salida definitiva del mercado laboral— tiende a golpear primero a los trabajadores con menos antigüedad y menor poder de negociación, un perfil que incluye de forma desproporcionada a inmigrantes recientes y trabajadores hispanos de primera generación. Si este dato de julio resulta ser el inicio de una tendencia y no un mes aislado, será justamente en esos sectores y esas comunidades donde primero se sienta el impacto, mucho antes de que se refleje con claridad en el promedio nacional.