María Corina Machado no está sentada en la mesa donde, desde el 1 de agosto, representantes de la Asamblea Nacional de 2015 y sectores vinculados al chavismo negocian los primeros pasos de una transición política en Venezuela. Para buena parte de la oposición, esa ausencia se ha convertido en el principal foco de tensión del proceso. Pero según el analista Antonio De La Cruz, presidente de Inter American Trends, esa lectura se queda corta: la Nobel de la Paz no está fuera de la transición, sino reservando su protagonismo para la fase que todavía no ha llegado —la que decidirá quién gobierna Venezuela a través del voto.
De La Cruz explicó, en una conversación con la periodista Carla Angola, que Machado no participa en la mesa actual por una razón institucional simple: ella no pertenece a la Asamblea Nacional de 2015, que es la que Estados Unidos reconoce y la que efectivamente está negociando aspectos institucionales de la transición junto a Dinorah Figuera, su presidenta, y del lado del chavismo, con figuras como Jorge Rodríguez, hermano de la presidenta encargada Delcy Rodríguez. Su papel, según el analista, es distinto: encabezar la alternativa política que deberá competir cuando el país sea convocado de nuevo a elecciones.
Esa distinción —entre la negociación institucional que ocurre ahora y la competencia electoral que vendrá después— es la clave de todo el análisis. La mesa actual busca acordar cómo se reconstruye el sistema electoral, qué garantías deben existir y qué instituciones pueden ser reconocidas como legítimas. Es un paso necesario, dice De La Cruz, pero no es en sí mismo la transición democrática ni determina quién va a gobernar el país. Su verdadero valor está en si logra crear las condiciones para que Venezuela pueda llegar a unas elecciones libres. Machado, sostiene el analista, no necesita ocupar un asiento en esa negociación institucional para seguir siendo la figura central del proceso: su capital político está reservado para el momento en que exista un cronograma electoral y la discusión pase de la reconstrucción institucional a la pregunta de quién debe gobernar.
El razonamiento no es menor si se considera el peso que Machado sigue teniendo dentro de Venezuela. Según encuestas recientes como la de AtlasIntel de junio, continúa siendo la figura política con mayor aceptación e imagen positiva del país, muy por encima de cualquier otro actor del tablero actual, incluida la propia Delcy Rodríguez. Esa base de respaldo popular es, precisamente, lo que De La Cruz identifica como el activo que Machado está guardando para la etapa decisiva: cuando haya fecha y condiciones para una elección presidencial, será ella quien deba asumir directamente la competencia por el poder, dejando atrás el rol de conducción política de la oposición que ha ejercido hasta ahora.
Hay, sin embargo, una advertencia importante en el análisis que va más allá del papel de Machado: la participación activa de Estados Unidos en este proceso no responde a motivos altruistas. Washington tiene intereses propios en Venezuela —seguridad, energía, estabilidad regional— y su respaldo a la Asamblea Nacional de 2015 y al impulso de estas conversaciones debe leerse dentro de esa lógica estratégica, no como un gesto puramente solidario con la causa democrática venezolana. Para la oposición, el reto está en aprovechar ese respaldo internacional sin perder de vista su propio objetivo: que sean los venezolanos, y no un cálculo geopolítico externo, quienes terminen decidiendo mediante el voto quién ejerce el poder.
Del otro lado de la mesa, el chavismo también está jugando sus cartas. De La Cruz es claro en señalar que una transición no implica necesariamente la desaparición inmediata de quienes hoy forman parte del sistema de poder —figuras como Delcy Rodríguez, Jorge Rodríguez o Diosdado Cabello siguen siendo parte de la ecuación política que cualquier acuerdo tendrá que considerar. La diferencia, advierte, estará en el resultado final: si esos acuerdos abren paso a una verdadera apertura democrática, o si terminan siendo un mecanismo para preservar cuotas de poder bajo nuevas formas institucionales. Esa es, en el fondo, la pregunta que define si el proceso que arrancó este mes será recordado como el inicio real de una transición o como una negociación más que administró la permanencia del chavismo en otra versión.
El propio proceso de negociación no ha estado exento de fricciones desde su primer día. Medios como Diario Las Américas reportaron que el diálogo comenzó con episodios de hostigamiento hacia la prensa que cubría el arranque de las conversaciones, un detalle que refuerza las dudas de sectores de la oposición sobre cuánto puede confiarse en que este proceso se desarrolle con garantías reales de transparencia. A eso se suma que la Comisión Delegada de la Asamblea Nacional de 2025, liderada por Figuera, participará en decisiones clave —como la eventual renovación del Consejo Nacional Electoral y el Tribunal Supremo de Justicia— sin que existan certezas plenas sobre los criterios que guiarán esas decisiones.
Por qué esto importa para la diáspora venezolana: la pregunta de si María Corina Machado tiene o no un lugar en esta negociación no es solo un debate de politólogos en Caracas —es, para millones de venezolanos fuera del país, la pregunta de si el camino que se está construyendo ahora realmente termina en una elección donde su voto, o el de sus familias que siguen en Venezuela, cuente de verdad. El análisis de De La Cruz ofrece una lectura menos alarmista que la que ha circulado en redes sociales desde que arrancó el diálogo: la ausencia de Machado no sería una derrota política, sino una apuesta calculada a que su momento decisivo todavía está por llegar. Pero esa lectura también deja una pregunta abierta y sin resolver: si el cronograma electoral nunca llega a concretarse, o si se concreta bajo condiciones que no garanticen una competencia real, la teoría de que Machado está “esperando su turno” corre el riesgo de convertirse, en la práctica, en una espera indefinida.
