Treinta y siete años después de convertirse en el primer jugador internacional en ganar el título de Jugador del Año de la PBA, el venezolano Amleto Monacelli volvió a romper una barrera esta semana: a sus 64 años, fue nombrado Jugador del Año de la PBA60, la categoría para bolicheros mayores de 60 años dentro de la Asociación Profesional de Boliche de Estados Unidos, convirtiéndose en el primer jugador nacido fuera de ese país en obtener esa distinción específica. El larense dominó la temporada al acumular 19,071 puntos a lo largo de 16 torneos entre los circuitos PBA50 y PBA60, superando a un grupo selecto de competidores de élite mundial.
La historia de Monacelli con el boliche comenzó a los ocho años, en una bolera que su padre —un inmigrante italiano— administraba en la calle 20 de Barquisimeto, a solo cuatro cuadras de su casa. Ahí, entre salir del colegio y correr directo a entrenar, inventando técnicas propias de juego, se forjó lo que con el tiempo se convertiría en una de las carreras más importantes en la historia de este deporte. “Que se diga que soy de Barquisimeto para mí es muy importante”, ha repetido Monacelli en distintas ocasiones a lo largo de su carrera, subrayando que nunca ha olvidado sus orígenes pese a haber construido su vida profesional casi por completo en Estados Unidos.
Su currículum es, en cualquier disciplina deportiva, extraordinario. Monacelli acumula 20 títulos en el PBA Tour principal, lo que lo ubica entre apenas 17 jugadores en toda la historia con al menos 20 victorias, más 10 títulos adicionales en el PBA50 Tour, incluidos cinco campeonatos major, y ahora 2 títulos en el PBA60. Fue inducido al Salón de la Fama de la PBA en 1997 —siendo, hasta el día de hoy, el único jugador extranjero en lograr esa distinción— y al Salón de la Fama del Congreso de Boliche de Estados Unidos (USBC) en 2012. En 1989 y 1990 se convirtió en el primer jugador internacional en ganar el título de Jugador del Año de la PBA de forma consecutiva, un hito que solo el finlandés Mika Koivuniemi ha repetido desde entonces.
Detrás de esos logros hay una historia de adaptación y persistencia que resuena con fuerza particular para cualquier venezolano que haya tenido que construir una carrera lejos de casa. Monacelli se estrenó en las ligas profesionales en 1982, pero no fue hasta cinco años después, en 1987, cuando logró su primer título —un recordatorio de que incluso las trayectorias más brillantes rara vez son inmediatas. Su hijo y otros familiares han continuado ese legado deportivo: apenas hace unas semanas, su sobrino Rodolfo Monacelli ganó una medalla de oro en Santo Domingo, en una actuación que los propios medios deportivos venezolanos describieron como un eco directo de las hazañas de su tío.
Lo que hace a este logro particularmente significativo no es solo la distinción en sí, sino lo que representa dentro de la propia trayectoria de Monacelli: volver a ser el “primero” en algo, más de tres décadas después de la primera vez que rompió esa misma barrera. A una edad en la que muchos atletas de otras disciplinas ya llevan años retirados, el barquisimetano sigue compitiendo activamente en las pistas estadounidenses, incluso con un torneo del calendario de la PBA que ya lleva su propio nombre en su honor.
Por qué esto importa para la diáspora venezolana: en un momento donde las noticias sobre Venezuela suelen estar dominadas por crisis política, económica y humanitaria, la historia de Amleto Monacelli ofrece algo distinto y necesario: la prueba tangible de que el talento venezolano, cultivado en una bolera de barrio en Barquisimeto, puede alcanzar y sostener durante décadas el nivel más alto de una disciplina deportiva en Estados Unidos. Para los cientos de miles de venezolanos que hoy construyen su vida fuera del país, muchas veces empezando de cero en circunstancias mucho más difíciles que las de un deporte, la trayectoria de Monacelli —de una cancha familiar en Lara al Salón de la Fama estadounidense, y ahora a un nuevo récord a los 64 años— es un recordatorio de que la excelencia venezolana sigue teniendo espacio para escribir nuevos capítulos, incluso en los lugares donde menos se espera encontrarla.
