Hay frases que se dicen en Roma y se desarman en cualquier mercado de Maracaibo. Esta es una de ellas.

Delcy Rodríguez regresó el viernes a Caracas desde el Foro Mundial de la FAO y repitió, dos veces, que Venezuela está “muy cerca” de la meta de hambre cero. No acompañó la frase con un porcentaje, un indicador ni una sola estadística. Anunció, eso sí, un Plan Venezuela Alimenta y una nueva ley de economía local que, según dijo, llegará a la Asamblea Nacional en pocos días.

Cuando un gobierno anuncia un logro sin números, lo honesto es poner los números al lado. Vamos a eso.

Lo que cuesta comer en Venezuela

El Centro de Documentación y Análisis Social de la Federación Venezolana de Maestros (Cendas), que mide la canasta desde hace décadas, calculó que una familia de cinco personas necesitó 755,36 dólares en agosto solo para alimentarse. Eso es 3,77% más que en julio, cuando la canasta costaba 727,89 dólares. En bolívares, fueron 581.625,07.

Dicho por día, una familia necesita unos 24 dólares diarios para comer. No para pagar luz, transporte, medicinas ni colegio. Para comer.

Lo que gana un venezolano

Del otro lado de la balanza, el salario mínimo y las pensiones siguen congelados en 130 bolívares desde marzo de 2022. Con el dólar oficial del Banco Central de Venezuela a 881,07 bolívares (tasa publicada el viernes, vigente hasta el lunes 19), ese salario equivale a unos 15 centavos de dólar al mes.

Hagan la cuenta conmigo: para cubrir una sola canasta alimentaria harían falta más de 5.100 salarios mínimos. No es una exageración retórica; es una división.

El gobierno responde con bonos. Los trabajadores del sector público reciben dos bonificaciones que suman unos 240 dólares, pagados en bolívares a la tasa del BCV. Aun así, esos bonos cubren apenas el 32% de la canasta. Faltan más de 515 dólares al mes. Y hay un detalle que muchos olvidan: los bonos no cuentan para prestaciones, vacaciones ni utilidades. Un trabajador que se jubile hoy lo hace sobre 130 bolívares, no sobre 240 dólares.

El bolívar sigue cayendo

A esa brecha se suma la erosión diaria del bolívar. El euro oficial ya está en 991,16 bolívares, a un paso de los 1.000. Cada vez que la tasa sube, lo que se paga en bolívares, incluidos los bonos convertidos a la tasa del día, vale menos al momento de llegar al anaquel.

Por eso la frase de Roma suena tan lejana. No es que en Venezuela no haya comida: los anaqueles volvieron a llenarse hace años. Es que la comida está en dólares y el ingreso de la mayoría no.

¿Quién llena el hueco? Tú, si estás afuera

Aquí está la parte que el discurso oficial nunca menciona. Esos 515 dólares mensuales que faltan entre el bono y la canasta no los cubre el Estado. Los cubre, en millones de hogares, el hijo que está en Santiago, la hermana en Miami o el primo en Madrid.

Las remesas son el verdadero programa alimentario de Venezuela. Si el país está “cerca del hambre cero”, una parte enorme de ese mérito no es de ningún plan oficial: es de casi 8 millones de venezolanos que se fueron y siguen mandando dinero. Sería justo que cuando se presume la meta, al menos se les diera el crédito.

Lo que hay que vigilar

La ley de economía local que Delcy prometió llevar a la Asamblea será el primer termómetro. Si trae controles de precios o nuevas obligaciones para los comercios, ya sabemos cómo termina esa película: menos oferta y más escasez. Si en cambio facilita producir, vender y cobrar en divisas con reglas claras, podría aliviar algo.

Lo que sí no cambia con una ley es la ecuación de fondo: mientras el salario siga en 130 bolívares, cualquier meta de hambre cero dependerá de bonos discrecionales y de las remesas de la diáspora. Y eso no es seguridad alimentaria. Es supervivencia financiada desde afuera.

Mientras tanto, el gobierno negocia hasta 5.000 millones del Banco Mundial para agua y electricidad. Ojalá alguien en esa mesa pregunte también por el salario.