El dólar estadounidense registró este jueves su nivel más bajo desde abril de 2019 frente a una canasta de las principales divisas del mundo, en una reacción directa a la confirmación de que el Índice de Precios al Consumidor (CPI) de julio subió 3.4% en términos anuales, exactamente en línea con lo que esperaba el mercado y que documentamos ayer en detalle. El movimiento cambiario confirma, con un nuevo dato concreto, la tendencia de debilitamiento del dólar que veníamos siguiendo toda la semana en esta sección.
La lógica detrás de esta caída es la misma que hemos venido explicando en esta cobertura durante toda la semana: un CPI que coincide con lo esperado, sin sorpresas al alza, reduce la necesidad de que la Reserva Federal mantenga una postura restrictiva de cara a su reunión de septiembre. Cuando el mercado deja de temer una subida de tasas, el dólar pierde parte de su atractivo relativo frente a otras monedas —los inversionistas que buscan rendimiento encuentran menos incentivo para mantener posiciones en dólares si la expectativa es que las tasas estadounidenses se mantengan sin cambios o eventualmente bajen, en lugar de subir.
Este debilitamiento del dólar no es un fenómeno aislado de esta semana. Analistas de mercado lo atribuyen a una combinación de factores que hemos documentado repetidamente: la guerra con Irán, el bloqueo parcial del Estrecho de Ormuz y la consecuente presión sobre los precios de la energía a nivel global, sumados ahora a la confirmación de que la inflación estadounidense se está enfriando de forma gradual, sin la aceleración que algunos temían tras el repunte de los precios de la energía.
Es importante situar este dato dentro del panorama más amplio que hemos venido construyendo en esta sección durante la semana: el propio reporte de empleo del viernes pasado, con una pérdida neta de 23,000 puestos de trabajo, ya había reducido las expectativas de que la Fed subiera tasas en septiembre, llevando esa probabilidad de pausa a 60% según CME FedWatch. El CPI de ayer, al coincidir exactamente con lo esperado, no hizo más que reforzar esa misma lectura, y el dólar de hoy es la confirmación cambiaria de que el mercado ya está operando bajo esa expectativa con bastante convicción.
El propio Kevin Warsh, quien asumió la presidencia de la Reserva Federal apenas hace unos meses, enfrenta ahora la tarea de interpretar estas señales cambiarias como parte del panorama completo que su comité debe evaluar de cara a septiembre. Un dólar débil no es, por sí solo, ni una buena ni una mala noticia de forma automática —depende de qué lado de cada transacción específica se encuentre cada persona o empresa—, pero sí es un indicador que los mercados de divisas usan constantemente para anticipar hacia dónde se inclina la política monetaria antes de que el propio banco central lo confirme oficialmente en su próxima reunión.
Dentro de Estados Unidos, un dólar más débil tiene efectos concretos y medibles sobre la economía interna. Las empresas estadounidenses que exportan bienes al resto del mundo se vuelven relativamente más competitivas, porque sus productos terminan costando menos en moneda extranjera. El lado contrario de esa misma moneda es que los productos importados —desde electrónicos hasta buena parte de los alimentos que no se producen localmente— tienden a encarecerse, un efecto que eventualmente se filtra hacia los precios que paga el consumidor final en cualquier tienda del país.
Por qué esto importa para la comunidad hispana en Estados Unidos: un dólar en su nivel más débil en más de siete años tiene un efecto directo y de doble filo sobre millones de familias hispanas que viven y trabajan en Estados Unidos. Para quien envía remesas regularmente a familiares en México, Centroamérica, Venezuela o cualquier otro país de la región, un dólar más débil generalmente significa que cada dólar enviado rinde menos al convertirse a la moneda local —el mismo fenómeno que documentamos hace unos días al hablar del crecimiento de las remesas a México—. Y dentro del propio país, si los precios de los productos importados suben como consecuencia de este debilitamiento, es un costo adicional que se suma directamente al presupuesto semanal de cualquier familia trabajadora, justo en un momento en que ya veníamos documentando la brecha entre el costo de vida y lo que gana en promedio un trabajador estadounidense.
