El margen de refinación del diésel estadounidense —conocido en el mercado como “crack spread”, la diferencia entre el precio del petróleo crudo y el del combustible ya refinado— superó los 100 dólares por barril por primera vez en la historia, según reportó Reuters, en medio de disrupciones de suministro que golpean simultáneamente a varias de las principales zonas de refinación del mundo. Es una escalada notable frente al nivel de 98 dólares que ese mismo indicador había alcanzado apenas el jueves pasado, cuando ya se describía como un récord histórico.

Francisco Blanch, jefe de materias primas de Bank of America, advirtió a sus clientes en una nota titulada “La tormenta perfecta de verano del diésel” que el combustible industrial está “materialmente perturbado en tres de las cuatro grandes regiones” del mundo. Según el propio análisis del banco, tres de los cuatro grandes centros de refinación globales permanecen afectados por distintas razones: el cierre del Estrecho de Ormuz y la actividad militar adyacente han reducido las exportaciones de combustible desde Oriente Medio —con el reciente ataque hutí contra la refinería saudí de Jazan como el ejemplo más reciente—, mientras que las disrupciones récord en la capacidad de refinación rusa, tras los ataques ucranianos contra esas instalaciones, han eliminado volúmenes significativos del mercado global de diésel.

Por qué el diésel importa más que la gasolina para la economía real

A diferencia de la gasolina, cuyo precio afecta directamente al consumidor que llena el tanque de su auto, el diésel es el combustible que mueve buena parte de la economía física: camiones de carga, trenes, maquinaria agrícola e industrial, y barcos de transporte comercial. Un alza de esta magnitud en su costo de producción no se queda contenida en el sector energético —se traslada, con cierto rezago, al costo de transportar prácticamente cualquier producto que termina en los estantes de una tienda, desde alimentos hasta materiales de construcción.

Este dato llega apenas un día después de que documentáramos la caída puntual en los precios del petróleo crudo por el recorte en las proyecciones de demanda de la OPEP y la Agencia Internacional de Energía, un contraste que ilustra bien la complejidad actual del mercado energético: el petróleo crudo en sí puede estar bajando de precio, mientras el costo de convertir ese crudo en combustibles utilizables —diésel en particular— sigue disparado por la escasez real de capacidad de refinación disponible en el mundo, independientemente de cuánto crudo haya circulando.

Una tensión que se suma a la ya documentada en Ormuz

El propio cierre del Estrecho de Ormuz, que hemos seguido de cerca durante toda esta semana —incluido el vencimiento este lunes del memorando de paz entre Estados Unidos e Irán sin que se alcanzara un acuerdo—, es apenas uno de los tres frentes que Bank of America identifica como causa directa de esta escasez de diésel. La combinación de una vía marítima clave todavía prácticamente paralizada, refinerías rusas dañadas por ataques ucranianos, y ahora un ataque directo contra una refinería saudí, deja al mercado mundial de diésel con muy poco margen de maniobra para absorber cualquier disrupción adicional sin que el precio siga escalando.

Por qué esto importa para la comunidad hispana en Estados Unidos: un margen de refinación de diésel en niveles históricos nunca antes vistos se traduce, con el tiempo, en un costo más alto para transportar prácticamente todo lo que una familia hispana compra semana a semana —desde los alimentos en el supermercado hasta los materiales que utiliza cualquier trabajador de la construcción—. A diferencia del precio de la gasolina, que se siente de inmediato en el surtidor, el impacto del diésel se filtra más lentamente pero de forma más amplia a través de toda la cadena de suministro, lo que sugiere que la presión inflacionaria derivada de este conflicto energético todavía tiene un tramo adicional por manifestarse plenamente en los precios que paga el consumidor final.