Nueve días después de que venciera el TPS para Venezuela, el 2 de octubre, Doral vive una rutina nueva: patrullajes constantes de ICE, conversaciones en voz baja sobre papeles y familias que hacen cuentas sobre qué pasa si alguien no vuelve a casa.

Roberto Rangel es uno de ellos. Vive solo en Estados Unidos; sus padres siguen en Zulia, donde reportan cortes de luz de más de doce horas seguidas. Contó a El Nacional que la idea de ser deportado a Venezuela en estas condiciones lo afecta profundamente, y que solo consideraría regresar después de un cambio político real. “Mi decisión es permanecer aquí en Estados Unidos hasta donde Dios lo disponga”, dijo.

El costo que no aparece en el discurso

La discusión sobre el TPS suele plantearse en términos de seguridad o de política migratoria. Los números cuentan otra historia.

Según la National Foundation for American Policy (NFAP), sacar del mercado laboral legal a cerca de 400.000 trabajadores venezolanos le restaría unos 40.500 millones de dólares a la economía de Estados Unidos. La misma organización calcula que el gobierno federal dejaría de recaudar 4.500 millones de dólares en impuestos este año.

Los investigadores de la NFAP llegan a una comparación llamativa: el aporte de la mano de obra venezolana a la economía estadounidense sería 14 veces mayor que lo que representa la compra de petróleo venezolano. Es una estimación de un centro de estudios que defiende la inmigración, no una cifra oficial, pero da una idea de la escala.

Lo que viene

Para quienes perdieron el TPS, la situación legal depende de cada caso: algunos tienen asilo pendiente, otros permisos de trabajo con fechas distintas, y otros quedaron sin ningún estatus. El caso judicial sigue abierto en el Noveno Circuito, al que la Corte Suprema devolvió el expediente el 5 de octubre.

Mientras tanto, la recomendación de los abogados de inmigración es la misma: revisar la situación individual con un profesional acreditado, guardar copia de todos los documentos y no tomar decisiones por rumores de redes sociales. En Doral, donde casi todos conocen a alguien en esta situación, eso es más fácil de decir que de hacer.