Hay rituales que marcan el otoño: las hojas que caen, el calendario de la Fed y, desde hace unos años, Donald Trump enterándose de que no ganó el Nobel de la Paz.
El viernes 9 de octubre, el comité noruego otorgó el premio a Navi Pillay, jurista sudafricana, exalta comisionada de la ONU para los Derechos Humanos entre 2008 y 2014, abogada defensora de Nelson Mandela en sus inicios y hoy jueza de la Corte Internacional de Justicia. El comité la eligió por haber sido “instrumental para asegurar que los crímenes de guerra, los crímenes de lesa humanidad y el genocidio sean juzgados”.
La previa
Días antes, Trump había explicado a la prensa por qué el premio debía ser suyo: “Resolví ocho guerras, y grandes”. Y advirtió que, si no lo ganaba, “sería un gran descrédito para ellos”.
El comité, por lo visto, decidió asumir el descrédito.
La reacción
Horas después del anuncio, Trump compartió en Truth Social un mensaje según el cual el Comité Nobel “se avergonzó a sí mismo sin remedio”. El mismo texto calificaba a Pillay de “odiadora declarada de Estados Unidos e Israel”. El dato de contexto: Pillay presidió la comisión de la ONU que el año pasado concluyó que Israel comete genocidio en Gaza. La cancillería israelí también condenó la elección.
La respuesta de la ganadora
Pillay se enteró del premio en un acto en Núremberg, Alemania. Con el público aplaudiendo, improvisó: “Si aplauden un poco más, tal vez comparta este premio con Trump”.
No hubo más aplausos suficientes. El premio sigue siendo solo de ella.
Mientras tanto
El fin de semana del rechazo coincidió con un misil contra el aeropuerto de Riad que dejó 12 muertos, y con Trump evaluando si Estados Unidos se suma a los ataques contra los hutíes. Las ocho guerras resueltas, por lo visto, dejaron espacio para una novena.
Habrá que esperar al próximo octubre. Para el comité, la temporada de ser “avergonzado sin remedio” ya terminó. Para Trump, la campaña para 2027 seguramente ya empezó.
