La Unión Eléctrica de Cuba (UNE) pronosticó este lunes una afectación de hasta 2,210 megavatios durante el horario de máxima demanda, apenas tres megavatios por debajo del máximo registrado el domingo a las 8:20 de la noche. Según informó la propia entidad estatal, el Sistema Eléctrico Nacional (SEN) amaneció con una disponibilidad muy inferior a las necesidades del país, con varias unidades generadoras averiadas o en mantenimiento —un pronóstico que supera en 30 megavatios el propio déficit calculado por el despacho eléctrico para ese horario.
El fin de semana ofreció un adelanto de la magnitud del problema: el sábado, la máxima afectación llegó a 2,281 megavatios a las diez de la noche, con el servicio comprometido durante las 24 horas completas en buena parte del país, mientras la disponibilidad apenas alcanzaba los 1,087 megavatios frente a una demanda proyectada de 3,250 megavatios. El propio Sistema Eléctrico Nacional ha colapsado totalmente en siete ocasiones distintas durante 2026, con un récord histórico de déficit de 2,411 megavatios registrado el pasado 4 de agosto.
El caso de la Guiteras, símbolo del escepticismo ciudadano
En medio de esta crisis sostenida, la termoeléctrica Antonio Guiteras —una de las plantas más importantes del país, ubicada en Matanzas— reafirmó públicamente estar en línea, generando electricidad para el sistema. La respuesta en redes sociales cubanas fue de burla generalizada: “entra y sale y no se siente nada”, ironizaron varios usuarios, cuestionando el impacto real que tiene la planta sobre un sistema que sigue colapsando pese a los reportes oficiales de funcionamiento. La situación de la Guiteras es especialmente relevante porque la planta representa un porcentaje considerable de la generación térmica total del país, y sus fallas intermitentes contribuyen de forma directa al déficit energético que millones de cubanos experimentan a diario.
Una crisis que ya se volvió estructural
Los apagones generalizados dejaron de ser hechos excepcionales en Cuba para convertirse en una constante casi cotidiana. Desde comienzos de 2024, la isla acumula 18 colapsos masivos de su red eléctrica —11 entre finales de 2024 y el cierre de 2025, y siete más solo en lo que va de 2026—. En circunstancias que el propio sector describe como “normales” dentro de esta crisis, los apagones hoy superan las 24 horas consecutivas en la mayor parte de la isla, con apenas algunas ciudades disfrutando de “alumbrones” de dos o tres horas al día.
Cada interrupción prolongada trae consigo un efecto en cadena que va mucho más allá de la falta de iluminación: dificulta la conservación de alimentos, reduce el suministro de agua potable al paralizar los sistemas de bombeo eléctrico, y deja sin funcionamiento los ventiladores y equipos de refrigeración justo en medio del intenso calor del verano caribeño. Aunque muchos servicios considerados esenciales —hospitales, algunas industrias clave— cuentan con plantas eléctricas de respaldo, la capacidad de respuesta de esos generadores es limitada, y la recuperación completa del servicio suele demandar varias horas o incluso días adicionales una vez que el sistema principal colapsa.
Por qué esto importa para la diáspora cubana en Estados Unidos: la persistencia de esta crisis energética, ya con siete colapsos totales documentados solo en lo que va de 2026, confirma que no se trata de episodios aislados sino de un deterioro estructural sin solución visible en el corto plazo. Para la diáspora cubana que mantiene contacto diario con familiares en la isla, estas cifras técnicas —megavatios, porcentajes de disponibilidad— se traducen en algo mucho más concreto: la incertidumbre constante sobre si podrán comunicarse con sus seres queridos, si la comida en el refrigerador familiar se echará a perder, o si un pariente enfermo tendrá acceso a electricidad confiable cuando más la necesite.
