El primer ministro de Cuba, Manuel Marrero Cruz, salió al paso este jueves de las comparaciones cada vez más frecuentes entre las medidas de apertura económica que el gobierno cubano ha venido implementando y los modelos de reforma de mercado adoptados décadas atrás por China y Vietnam. “No es China, no es Vietnam”, declaró Marrero, defendiendo lo que describió como una lógica propia y particular del proceso cubano, distinta a la de esos dos países asiáticos que también combinaron control político centralizado con apertura parcial a mecanismos de mercado.
Esta declaración llega en un momento en que el gobierno cubano viene ampliando de forma notable las actividades autorizadas para el sector privado en la isla, un proceso de reformas que documentamos en detalle hace unas semanas, cuando el propio Marrero presentó ante la Asamblea Nacional del Poder Popular un paquete de 176 medidas orientadas hacia el mercado: banca privada, apertura del sector energético a capital extranjero, y la conversión de empresas estatales en sociedades por acciones. Ese anuncio ya había generado comparaciones inmediatas, dentro y fuera de Cuba, con los procesos de reforma que China inició a finales de los años 70 bajo Deng Xiaoping, y que Vietnam emprendió de forma similar en la década de 1980 bajo la política conocida como “Đổi Mới”.
La insistencia de Marrero en marcar distancia de esos dos modelos no es un matiz menor dentro del debate político interno cubano. Tanto China como Vietnam, aunque mantuvieron el control político de un partido único, terminaron transformando sus economías hacia sistemas de mercado abierto de facto, con una integración profunda al comercio internacional y una reducción drástica del peso del Estado en la producción directa de bienes y servicios. Que el propio primer ministro cubano se esfuerce en diferenciar el proceso de su país de esos precedentes sugiere una intención deliberada de calmar a los sectores más ortodoxos dentro del propio Partido Comunista de Cuba, que podrían ver en esas comparaciones una señal de que las reformas actuales conducen, con el tiempo, hacia un abandono más profundo del modelo socialista que el que el gobierno está dispuesto a reconocer públicamente.
Este debate interno sobre el alcance real de las reformas ocurre, además, en la misma semana en que Cuba se prepara para conmemorar este jueves el centenario del nacimiento de Fidel Castro, una fecha que documentamos en detalle hace unos días y que el propio gobierno ha convertido en el eje central de su agenda política y simbólica de agosto. Que Marrero eligiera precisamente estos días para reafirmar la naturaleza socialista del proceso de reformas, en lugar de dejar que las comparaciones con China y Vietnam ganaran terreno en el debate público, encaja con el esfuerzo más amplio del gobierno por proyectar continuidad ideológica justo en el momento de mayor carga simbólica del calendario político cubano.
Por qué esto importa para la diáspora cubana en Estados Unidos: la forma en que el propio gobierno cubano elige enmarcar sus reformas económicas —como una evolución dentro del socialismo, y no como una transición hacia un modelo de mercado abierto al estilo asiático— es una señal relevante para entender qué tan profundos y sostenibles serán realmente esos cambios a mediano plazo. Para la diáspora, que sigue de cerca cada apertura económica en la isla con la esperanza de que se traduzca en mejoras concretas para sus familiares, la insistencia de Marrero en que “no es China, no es Vietnam” plantea una pregunta legítima: si el gobierno cubano no está dispuesto a replicar el alcance real de esas transformaciones, ¿hasta dónde llegarán en la práctica las 176 medidas anunciadas, más allá del discurso oficial que las presenta?
