Mientras buena parte de La Habana lleva meses sin electricidad suficiente para bombear agua a los edificios ni conservar alimentos, y con precios que el propio New York Times calificó de “estratosféricos”, Miguel Díaz-Canel inauguró este viernes en el Palacio de Convenciones de la capital el 24 Encuentro Internacional de Partidos Comunistas y Obreros, un foro de dos días con más de 100 delegados de 48 organizaciones de distintos países. El contraste no pasó inadvertido entre los propios cubanos que siguieron el anuncio en redes sociales oficiales: “Necesitamos corriente para coger agua en La Güinera, nunca hay corriente, nunca tenemos corriente”, escribió un usuario bajo la publicación oficial de la Presidencia de Cuba.
El discurso inaugural del encuentro corrió a cargo de Roberto Morales Ojeda, quien llamó a los delegados a “forjar una mayor unidad de los partidos comunistas y obreros”, según recogió el medio oficialista Trabajadores. Morales Ojeda también aprovechó el evento para presentar las 176 Transformaciones Económicas y Sociales aprobadas recientemente por el gobierno como prueba de que, en sus palabras, la Revolución sigue viva y en movimiento. Lo que no mencionó desde el podio es que la economía cubana se contrajo un 5% en 2025 y acumula una caída del 15% desde 2020, según cálculos de analistas independientes que siguen de cerca las cifras oficiales —cifras que el propio gobierno cubano ha dejado de publicar con la regularidad de años anteriores.
La cronología reciente explica por qué la ironía resultó tan evidente esta vez. En junio se registraron en La Habana apagones de entre 20 y 22 horas diarias, con cortes todavía mayores en las provincias del interior del país, y un déficit eléctrico que ha superado con frecuencia los 2,000 megavatios. Más del 60% del territorio nacional ha quedado sin electricidad durante las horas de mayor demanda en los últimos meses, según datos recopilados por medios independientes cubanos. Ese es el telón de fondo real sobre el que el régimen instaló, en el mismo Palacio de Convenciones, un evento con traducción simultánea, catering para los delegados extranjeros y cobertura mediática dedicada.
Este encuentro no es un hecho aislado, sino parte de un patrón que se repite durante todo 2026: el calendario oficial de actividades del régimen para este año incluye más de 280 eventos institucionales. En mayo se celebró un Encuentro Internacional de Solidaridad con Cuba con 766 delegados de 152 organizaciones de 36 países distintos. En junio, el XXII Congreso de la Central de Trabajadores de Cuba se realizó, según el propio gobierno, con “máxima austeridad” —aunque igualmente reunió a 759 delegados entre presenciales y por videoconferencia. Y del 10 al 13 de agosto, en el mismo Palacio de Convenciones, está previsto el Coloquio Internacional “Fidel: legado y futuro”, que coincidirá exactamente con el centenario del nacimiento de Fidel Castro, el próximo 13 de agosto.
Ese calendario de “turismo ideológico” —como lo han descrito medios independientes cubanos— contrasta de forma directa con el colapso del turismo real que sostiene buena parte de la economía de la isla: Cuba recibió 112,000 visitantes menos en 2026 respecto al año anterior, el peor desplome del sector desde 2002. Mientras el gobierno cubano sigue trayendo delegaciones de partidos comunistas y organizaciones afines de medio mundo, los turistas convencionales —los que efectivamente dejan divisas en hoteles, restaurantes y taxis privados— continúan alejándose de un destino que ya no puede garantizarles ni electricidad estable ni servicios básicos durante su estadía.
La reacción de los propios cubanos, documentada en los comentarios bajo la publicación oficial del evento, fue directa y sin matices diplomáticos: “Sigan gastando los pocos recursos del estado, dejen de celebrar tanto y ocúpense de la miseria brutal del pueblo”, escribió un usuario. Otro fue más allá: “En medio de la peor crisis económica en la historia de Cuba y el PCC se toma la atribución de malgastar el poco dinero que queda en Cuba en encuentros que son solo politiquería y puro gasto”. Un tercer comentario planteó, con mayúsculas de por medio, una pregunta que el propio régimen evita responder: cuánto cuesta realmente, en divisas que el país no tiene, sostener este calendario ininterrumpido de actos internacionales mientras la población enfrenta lo que varios analistas describen como la peor crisis económica de la isla en décadas.
Lo que hace distinto a este episodio de agosto, frente a los encuentros similares de meses anteriores, es la coincidencia casi exacta con el centenario de Fidel Castro. El régimen llega a esa fecha simbólica —pensada para proyectar continuidad histórica y legitimidad revolucionaria— en el momento de mayor fragilidad económica y energética de las últimas dos décadas. La distancia entre el discurso de unidad internacional que se pronuncia dentro del Palacio de Convenciones y la fila de cubanos esperando agua o electricidad fuera de él es, en sí misma, la imagen más elocuente de en qué punto se encuentra la isla a cien años del nacimiento de la figura que sigue siendo, oficialmente, la referencia central de todo el aparato del Estado.
Por qué esto importa para la diáspora cubana: cada uno de estos eventos —el encuentro de partidos comunistas de esta semana, el coloquio por el centenario de Fidel la próxima— funciona como una señal hacia adentro y hacia afuera de que el régimen no está negociando su narrativa de legitimidad, ni siquiera en medio de apagones que ya llevan meses afectando a millones de cubanos. Para quienes tienen familia en la isla, esa insistencia en sostener el aparato simbólico de la Revolución mientras la infraestructura básica colapsa no es un dato menor: es la confirmación de que, al menos por ahora, la prioridad del gobierno cubano sigue estando en proyectar solidez política internacional antes que en resolver la crisis que sus propios ciudadanos describen, día tras día, como insoportable.
