Estados Unidos elevó formalmente a Cuba a la categoría de “Prioridad 1” dentro de su Marco Nacional de Prioridades de Inteligencia, colocando a la isla entre los objetivos que reciben mayor atención de recopilación de inteligencia junto a potencias como China, Rusia e Irán, según reveló una investigación del New York Times. El propio diario reportó, citando fuentes anónimas, que agencias como la Agencia de Seguridad Nacional (NSA) y la Agencia Nacional de Inteligencia Geoespacial (NGA) comenzaron a destinar más recursos de recopilación hacia Cuba, incluidos satélites, en un incremento que coincide con un cambio notable en la postura de seguridad de los dos hombres más poderosos de la isla.

Según el mismo reportaje del Times, el presidente designado Miguel Díaz-Canel y el expresidente Raúl Castro se encuentran, desde hace varios meses, bajo medidas de seguridad reforzadas ante la posibilidad de que Estados Unidos ejecute una operación para capturarlos o eliminarlos. La preocupación aumentó de forma directa después de la incursión militar que terminó, el pasado enero, con la captura de Nicolás Maduro en Venezuela —un antecedente que, según las fuentes citadas por el diario neoyorquino, la administración de Trump habría detectado que ya influye en los movimientos de seguridad extraordinarios alrededor de ambas figuras cubanas. El régimen, por su parte, ha intensificado la divulgación de imágenes de movimientos militares y entrenamientos armados incluso entre civiles, aunque esa estrategia propagandística ha servido principalmente para exponer que Cuba posee armamento de origen soviético que hoy resultaría obsoleto frente a la capacidad militar estadounidense.

La reacción pública de Díaz-Canel no se hizo esperar. Durante un discurso pronunciado ante delegados de partidos comunistas y organizaciones de izquierda reunidos en La Habana —en el marco de las actividades previas al centenario del nacimiento de Fidel Castro, que se cumple este jueves 13 de agosto—, el mandatario calificó la situación como parte de una estrategia de “guerra psicológica” dirigida contra el régimen cubano. “No son filtraciones al azar, como las presentan, sino parte del plan deliberado del régimen estadounidense de guerra psicológica contra Cuba”, afirmó, respondiendo directamente a las informaciones publicadas por medios estadounidenses sobre el incremento de actividad de la CIA en torno a la isla.

Díaz-Canel también respondió de forma explícita a declaraciones recientes del secretario de Estado, Marco Rubio, quien aseguró esta semana que la presión sobre el gobierno cubano continuará aumentando y que “no hay válvulas de escape” para el régimen. “El secretario de Estado ha declarado recientemente que las sanciones estadounidenses contra el régimen cubano no harán más que endurecerse. Lo que estamos tratando de enseñarles, dijo, es que no hay válvulas de escape”, repitió el mandatario cubano ante su audiencia, enmarcando esa frase como evidencia adicional de que Washington busca, en sus palabras, la “fractura social” de la isla para acabar con el proyecto socialista.

El propio Departamento de Estado había reforzado esa postura apenas semanas antes con la publicación de un documento de 100 páginas titulado “Cuba. La capital del comunismo en el siglo XXI”, que hace un repaso histórico de la isla desde la revolución de 1959 y acusa a La Habana de haber “entrenado a terroristas, dado refugio a fugitivos” e infiltrado al propio gobierno estadounidense durante 67 años. El canciller cubano, Bruno Rodríguez Parrilla, calificó ese informe como “la más reciente falacia del Departamento de Estado” y sostuvo que forma parte de la construcción, por parte de Rubio, de un pretexto para sostener lo que Cuba describe como una “guerra económica cruel y criminal” contra la población de la isla.

No todas las voces dentro del propio sistema político estadounidense respaldan esta estrategia de máxima presión. La congresista demócrata Pramila Jayapal, quien visitó Cuba en abril junto al congresista Jonathan Jackson —la primera visita documentada de legisladores estadounidenses a la isla en todo 2026— y se reunió tanto con Díaz-Canel como con Rodríguez Parrilla, pidió públicamente “negociaciones reales” con Cuba. “El Gobierno de Estados Unidos ha manejado la crisis erróneamente desde el inicio del embargo. Deberíamos haber puesto en práctica una diplomacia profunda para que Cuba se vinculara con el resto del mundo y los cambios llegaran de forma natural”, declaró la legisladora, aunque atribuyó la responsabilidad principal de la crisis al embargo estadounidense más que al propio gobierno cubano —una postura que le valió críticas inmediatas tanto de congresistas republicanos como de sectores del exilio cubano en Estados Unidos.

El paralelismo con Venezuela no es casualidad ni exageración retórica: como documentamos hace apenas un día en nuestra cobertura de la primera reunión presencial de la mesa de diálogo venezolana, el propio proceso de transición que hoy avanza en Caracas —con Estados Unidos ejerciendo un rol de tutela directa sobre las negociaciones— nació de una operación militar que capturó a Maduro sin previo aviso público. Que fuentes de inteligencia citadas por el New York Times detecten ahora un patrón de seguridad similar alrededor de Díaz-Canel y Raúl Castro sugiere que, dentro de la propia administración estadounidense, Cuba ya no se analiza como un caso aislado, sino como la siguiente pieza dentro de una estrategia regional más amplia que comenzó, precisamente, con Venezuela.

El momento elegido para esta escalada de presión tampoco parece casual. Con el centenario del nacimiento de Fidel Castro a solo tres días de distancia, y con el régimen cubano organizando una amplia agenda de actividades conmemorativas —incluida la asamblea internacional con 400 organizaciones de 25 países que documentamos hace unos días—, cualquier señal de vulnerabilidad de seguridad alrededor de Díaz-Canel y Raúl Castro adquiere un peso simbólico adicional. Es, en cierto sentido, el peor momento posible para que trascienda este tipo de información desde la perspectiva del propio gobierno cubano, que necesita proyectar fortaleza institucional precisamente en la semana en que busca reafirmar ante el mundo la vigencia de su proyecto político.

Por qué esto importa para la diáspora cubana en Estados Unidos: la combinación de una escalada de inteligencia formal —Cuba ahora en la misma categoría de prioridad que China, Rusia e Irán— con medidas de seguridad personal reforzadas alrededor de Díaz-Canel y Raúl Castro, es la señal más concreta hasta ahora de que Washington contempla, al menos como escenario dentro de su planificación, un desenlace similar al que tuvo Venezuela con la captura de Maduro. Para una diáspora que ha vivido de cerca cómo se desarrolló ese precedente venezolano —desde la incertidumbre inicial hasta la actual mesa de transición que ya cubrimos esta semana—, cada nueva señal de presión de inteligencia sobre La Habana reabre la misma pregunta que atraviesa a toda la comunidad cubana en el exterior: si un cambio de este tipo, de materializarse, llegaría por la vía de una transición negociada o por una ruptura mucho más abrupta, y qué papel jugaría en cualquiera de esos dos escenarios el propio régimen cubano, que hasta ahora ha optado por proyectar firmeza pública mientras refuerza en privado la seguridad de sus dos figuras más importantes.