Cuba recibió apenas 387,591 turistas internacionales durante el primer semestre de 2026, según datos de la Oficina Nacional de Estadística e Información (ONEI), una caída de 60.7% frente a los 985,606 visitantes que había recibido en el mismo período de 2025. Es, sin contar los años de pandemia, el peor registro histórico del turismo cubano —y confirma una tendencia de deterioro que, vista en perspectiva de ocho años, muestra un colapso casi sin precedentes para un sector que el propio gobierno considera estratégico.

El histórico completo: de los 4.6 millones de 2018 al derrumbe actual

La magnitud de la caída solo se entiende comparándola con el punto más alto reciente del sector. En 2018, en pleno “deshielo” de las relaciones diplomáticas entre Cuba y Estados Unidos, la isla recibió un récord de 4.6 millones de visitantes extranjeros; en 2019, todavía 4.2 millones. A partir de ahí, la curva no ha dejado de bajar: 2.4 millones en 2023, 2.2 millones en 2024, y apenas 1.81 millones en 2025 —muy por debajo de la meta oficial de 2.6 millones que se había fijado el propio gobierno, y ya entonces la peor cifra desde 2002 sin contar la pandemia—. La comparación mes a mes es todavía más elocuente: en junio de 2023 llegaron a Cuba 184,833 visitantes; en junio de 2024, la cifra ya había caído a 77,663; y en junio de 2026, apenas 28,100 personas —una caída de 85% en solo tres años para ese mismo mes específico.

Por qué se desplomó justo en 2026: el detonante del combustible

La caída de 2026 tiene un origen bastante concreto y documentado. En febrero de este año, la escasez de combustible de aviación Jet A-1 en nueve aeropuertos internacionales cubanos obligó a Air Canada, WestJet, Air Transat y Sunwing —las principales aerolíneas que conectaban Canadá con la isla— a suspender sus vuelos. El resultado fue inmediato: en marzo de 2026 llegaron apenas 511 canadienses a Cuba, frente a casi 99,000 en el mismo mes del año anterior. Canadá, que había sido durante años el principal mercado emisor de turistas hacia la isla, pasó de enviar 428,118 visitantes en el primer semestre de 2025 a solo 126,937 en el mismo período de 2026 —una caída de 70.3% y la mayor pérdida en términos absolutos de todo el sector, con 301,181 personas menos.

El resto de los mercados emisores también se desplomaron, aunque en menor magnitud: la comunidad cubana residente en el exterior —uno de los pilares tradicionales del sector— cayó 38.2%, con 45,799 personas menos; Rusia perdió 42,775 visitantes; y Estados Unidos, 36,085. Cuando se suman todas las categorías de viajeros, incluidos los cubanos que residen fuera del país, el total llega a 699,878 personas en el semestre, un 51.3% menos que el año anterior.

El impacto en la infraestructura hotelera y el empleo

El propio primer ministro Manuel Marrero reconoció ante la Asamblea Nacional, apenas una semana antes de conocerse estas cifras, que el 73% de las instalaciones hoteleras del país permanece cerrado, una situación que ha dejado en el aire unos 25,000 puestos de trabajo directos. La tasa de ocupación hotelera, que ya era baja en el primer trimestre de 2025 con 23.7%, se derrumbó todavía más en el mismo período de 2026, hasta apenas 12.9% —menos de la mitad—.

El economista cubano Pedro Amor resumió el efecto en cadena que esto genera para el resto de la economía: “Menos turistas se traduce en grados de ocupación bajísimos en los hoteles que apenas compensan los gastos de funcionamiento. Menos turistas suponen menos divisas por recaudación lo que hace es hundir más el valor del peso cubano en los mercados, sobre todo el informal. Menos ingresos de turismo, más déficit con el exterior lo que hace que las condiciones de financiación de la economía cubana sean cada vez más complicadas”. Es, en esencia, el mismo círculo vicioso que documentamos hace unos días al cubrir la crisis energética que atraviesa la isla: la escasez de combustible no solo apaga los hogares cubanos, también aleja al turismo que el país necesita para generar las divisas con las que comprar ese mismo combustible.

Un contraste marcado con el resto del Caribe

La situación cubana contrasta de forma notable con la de destinos similares de la región, como Punta Cana, en República Dominicana, y Cancún, en México, que en este mismo período están registrando máximos históricos de visitantes tras la pandemia. Mientras el resto del Caribe se recuperó y superó sus niveles prepandémicos, Cuba retrocedió a cifras que no se veían desde hace más de dos décadas, en un contraste que ilustra hasta qué punto los factores específicos de la isla —crisis energética, presión de Washington, deterioro económico interno— pesan más que cualquier tendencia regional favorable al turismo caribeño en general.

Por qué esto importa para la diáspora cubana en Estados Unidos: el turismo no es solo un indicador económico abstracto para Cuba —es, junto con las remesas, una de las principales fuentes de divisas que sostienen tanto al Estado como a miles de familias cubanas que dependen directa o indirectamente del sector, desde quienes alquilan habitaciones de forma privada hasta los trabajadores de hoteles hoy cerrados. Que la caída golpee con particular fuerza justo al segmento de cubanos residentes en el exterior que visitan la isla —38.2% menos que el año anterior— sugiere que una parte de la propia diáspora está optando por no viajar, ya sea por el deterioro de las condiciones que encontraría al llegar, por el costo creciente de hacerlo, o por la incertidumbre general que atraviesa el país. Para cualquier familia cubana en Estados Unidos que todavía consideraba visitar la isla, estas cifras confirman que las dificultades ya no son solo anécdotas aisladas, sino una tendencia estructural y medible que atraviesa a todo el sector.