El presidente de Colombia, Gustavo Petro, realizó una visita oficial a Cuba este fin de semana, siendo recibido por Miguel Díaz-Canel en el Palacio de la Revolución en La Habana, a solo días de que termine su mandato presidencial. Según la Cancillería cubana, durante su estancia en la isla Petro sostuvo conversaciones oficiales con las máximas autoridades cubanas sobre la agenda bilateral, con énfasis en los ámbitos económico-comercial, de inversión y cooperación, además de intercambiar posiciones sobre temas de interés regional e internacional.

El momento elegido para esta visita es significativo: Petro llega a Cuba prácticamente al cierre de su período presidencial, en un viaje que tiene todo el peso simbólico de una despedida política antes que el de una gestión de gobierno con margen de maniobra a largo plazo. Cuba y Colombia mantienen relaciones históricas descritas oficialmente como de “amistad” y “respeto mutuo”, pero la relación de Petro específicamente con La Habana ha sido, durante su mandato, uno de los ejes más visibles de su política exterior hacia la izquierda latinoamericana, en un contraste deliberado con la postura de presión que Washington mantiene sobre la isla.

La visita ocurre, además, en medio de la escalada retórica más intensa entre Estados Unidos y Cuba en meses: el propio presidente Trump advirtió recientemente que “muchas cosas van a pasar en Cuba en los próximos dos meses”, mientras Díaz-Canel acusó a Washington de una “nueva versión del macartismo” tras una cumbre ministerial liderada por el secretario de Estado Marco Rubio. En ese contexto, un jefe de Estado sudamericano visitando oficialmente La Habana —así sea uno que está a días de dejar el cargo— envía una señal política de respaldo diplomático justo cuando Cuba enfrenta su mayor presión externa reciente.

Por qué esto importa para la diáspora cubana: el valor práctico inmediato de esta visita para el cubano de a pie es limitado —no hay anuncios concretos de ayuda económica ni de acuerdos comerciales específicos más allá de la intención declarada de cooperación—, pero su valor político es real: en un momento donde Cuba enfrenta apagones de hasta 24 horas, escasez crónica y presión diplomática creciente de Washington, cada gesto de respaldo internacional, aunque simbólico, se convierte en parte de la narrativa que el gobierno cubano usa para proyectar que no está tan aislado como Washington quisiera. La pregunta que queda abierta es si el próximo gobierno colombiano, que asume en los días siguientes, mantendrá esa misma cercanía con La Habana o marcará una distancia distinta.