La Reserva Estratégica de Petróleo (SPR) de Estados Unidos cayó a 298.7 millones de barriles en la semana terminada el 7 de agosto, según los datos más recientes de la Administración de Información Energética (EIA). Es el nivel más bajo registrado desde enero de 1983 —43 años—, y la primera vez en más de cuatro décadas que el inventario cae por debajo de la barrera simbólica de los 300 millones de barriles.
La caída no es un evento puntual, sino la continuación de una tendencia que ya lleva veinte semanas consecutivas: desde finales de marzo, la reserva ha liberado 116.7 millones de barriles de crudo, pasando de aproximadamente 415 millones de barriles a comienzos de 2026 hasta los 298.7 millones actuales. Solo en la última semana medida, la reserva cayó 6.1 millones de barriles adicionales. El propio presidente Trump autorizó al Departamento de Energía a liberar hasta 172 millones de barriles en un lapso de aproximadamente 120 días, como parte de una acción coordinada con otros miembros de la Agencia Internacional de la Energía para intentar estabilizar el mercado global de crudo en medio de la guerra con Irán.
El secretario de Energía, Chris Wright, explicó en marzo que la operación buscaba responder directamente a la tensión generada en el mercado petrolero por el conflicto, que como hemos documentado repetidamente en esta sección, mantiene el Estrecho de Ormuz prácticamente paralizado desde hace meses. De completarse en su totalidad el plan oficial de liberaciones adicionales, la reserva podría caer todavía más, hasta unos 243.4 millones de barriles —una cifra que dejaría al país con apenas un tercio de la capacidad total de almacenamiento de la SPR, fijada en 727 millones de barriles desde su creación en diciembre de 1975, tras el embargo petrolero árabe.
El problema de fondo no es solo el nivel actual de la reserva, sino el margen de maniobra que le queda a Washington frente a una eventual nueva emergencia de suministro. La Reserva Estratégica fue creada precisamente para funcionar como amortiguador ante interrupciones graves —como la que representa hoy el bloqueo de Ormuz—, pero las extracciones sostenidas de los últimos meses han reducido considerablemente ese colchón de seguridad justo en el momento en que más podría necesitarse, si la situación con Irán llegara a agravarse todavía más de lo que ya está.
Este dato llega apenas un día después de que documentáramos la caída puntual en los precios del petróleo por el recorte en las proyecciones de demanda de la OPEP y la AIE, y confirma que, más allá de las fluctuaciones diarias del precio, la vulnerabilidad estructural del sistema energético estadounidense frente a este conflicto sigue profundizándose semana tras semana.
Por qué esto importa para la comunidad hispana en Estados Unidos: la Reserva Estratégica de Petróleo es, en esencia, el seguro de última instancia que Estados Unidos tiene para amortiguar subidas bruscas en el precio de la gasolina cuando ocurre una crisis internacional grave. Que ese seguro esté en su nivel más bajo en 43 años, justo en medio de una guerra activa que ya ha empujado los precios de la energía al alza —como documentamos hace unos días—, significa que el país tiene hoy menos margen de respuesta disponible frente a cualquier nuevo shock de suministro, un riesgo que se traduce directamente en la vulnerabilidad del bolsillo de cualquier familia que dependa del automóvil para trabajar, llevar a los niños al colegio, o simplemente vivir su día a día.
