Cada octubre el Nobel de Economía parece un asunto lejano, de universidades estadounidenses y ecuaciones. Este año no. El premio de 2026 habla, sin mencionarlo, de algo que cualquier venezolano entiende sin haber abierto un libro de macroeconomía: qué pasa cuando la gente deja de creerle a su moneda.
Lo conversamos este domingo en Parlo-Tanto con el economista Adalberto Alvarado, magíster en Economía y doctorando, que estudió de cerca en su postgrado la línea de investigación premiada. El episodio completo está arriba; aquí va la explicación.
Qué premió la Academia Sueca
El 12 de octubre, la Real Academia de Ciencias de Suecia otorgó el Nobel a Robert E. Hall, profesor emérito de Stanford, y a Michael Woodford, de Columbia, por los fundamentos microeconómicos de la estabilización macroeconómica.
La idea parece técnica, pero es sencilla. Durante décadas, los modelos que guiaban a gobiernos y bancos centrales se armaban con relaciones estadísticas entre grandes cifras: si sube tal cosa, baja tal otra. Hall y Woodford propusieron construirlos desde abajo, desde cómo deciden de verdad los hogares y las empresas, incluyendo lo que esperan que pase mañana.
El fracaso que lo cambió todo
Ese giro no vino de la nada. En las crisis petroleras de los setenta, las recetas keynesianas tradicionales dejaron de funcionar: estimular la economía no bajó el desempleo y sí desató una inflación fuera de control. Los modelos viejos no veían que la gente, al anticipar más inflación, ajustaba precios y salarios antes de que la política hiciera efecto.
De esa lección salió buena parte de la arquitectura que hoy usan la Reserva Federal y los principales bancos centrales del mundo. Y su pieza central tiene nombre: expectativas.
Por qué esto es una historia venezolana
Si un banco central es creíble, le basta con anunciar lo que hará para que el mercado se ordene. Si no lo es, puede subir tasas, intervenir el cambio o cambiarle los ceros a la moneda, y nada funciona, porque nadie cree que la medida vaya a durar.
Venezuela vivió la versión extrema de esa segunda escena. Cuando el banco central financia el gasto del gobierno imprimiendo dinero, el público aprende rápido. El comerciante remarca antes de reponer, el trabajador convierte el sueldo a dólares el mismo día y el ahorro en bolívares desaparece. Eso que desde afuera se llamó desorden es, en el lenguaje de estos modelos, una reacción perfectamente racional ante la pérdida de credibilidad.
La dolarización de hecho que hoy define la vida diaria del país es la consecuencia más visible. Y deja una pregunta incómoda que revisamos con Adalberto: con buena parte de la economía funcionando en dólares, ¿qué margen real le queda al BCV para hacer política monetaria?
Lo que haría falta para recuperar la confianza
La respuesta que deja este Nobel no es una fórmula mágica sino una condición: sin credibilidad no hay estabilización posible. Eso pasa por un banco central que no dependa del Tesoro, reglas fiscales que se cumplan y cifras oficiales en las que se pueda confiar. Recuperar la confianza tarda mucho más que perderla.
El otro punto que Adalberto quiso subrayar es el valor de la investigación. Un premio así recuerda que la buena política económica nace de modelos serios y datos confiables, justo lo que Venezuela perdió en los años sin estadísticas oficiales y con una academia alejada de quien toma las decisiones.
Para quien quiera entender por qué el dinero que mueve al venezolano se comporta como se comporta, la conversación completa vale la hora.
