En su propia página de reclutamiento, Polymarket se describe con una ambición modesta: “nuestra ambición es convertirnos en un faro ubicuo de la verdad en los medios globales”. Es una frase que suena bien hasta que uno se entera de que un soldado estadounidense que participó en la operación que capturó a Nicolás Maduro fue detenido después de ganar más de 400,000 dólares apostando, en esa misma plataforma, a que Maduro iba a caer. No es que lo haya adivinado. Es que lo estaba ejecutando.

Ese es, probablemente, el resumen más honesto de qué es Polymarket hoy: un lugar donde la gente con acceso a información que el resto no tiene convierte ese acceso en dinero, mientras la plataforma se vende como el termómetro más fiel de lo que realmente va a pasar en el mundo.

El crecimiento es real, eso hay que reconocerlo. El volumen semanal pasó de 200 millones de dólares hace un año a más de 4,000 millones en julio. Intercontinental Exchange, la misma empresa dueña de la Bolsa de Nueva York, metió hasta 2,000 millones de dólares y la valoró en 8,000 millones. Lo que también creció, en la misma proporción, fue la cantidad de medios dispuestos a tratar esas cifras como si fueran datos duros en vez de apuestas. Dow Jones, dueña del Wall Street Journal, Barron’s y MarketWatch, firmó un acuerdo para meter los precios de Polymarket en sus páginas. Yahoo Finance, X y Substack hicieron lo mismo. Kalshi, la competencia, cerró pactos con CNN, CNBC y Fox News. El resultado es que una cotización nacida en una casa de apuestas empieza a circular con el mismo peso que una encuesta electoral seria, sin haber pasado por ninguno de los controles que una encuesta seria sí tiene que pasar.

Y acá está el problema que nadie menciona cuando presenta esas probabilidades como sabiduría colectiva: un análisis del Anti-Corruption Data Collective encontró que apenas el 1% de las billeteras que apostaron sobre las elecciones legislativas de noviembre concentra 133 millones de dólares en posiciones. Es decir, las probabilidades que después se convierten en titular no reflejan lo que piensan millones de personas. Reflejan lo que decidieron apostar un puñado de billeteras con mucho dinero. La sabiduría de las multitudes, cuando la multitud real es un grupo reducido de operadores con bolsillos profundos, deja de ser sabiduría y pasa a ser simplemente el precio que alguien pagó por mover la conversación.

El propio mecanismo interno tampoco inspira demasiada confianza. Una investigación periodística reconstruyó 82 secuencias donde cuentas anónimas tomaron posiciones anormalmente grandes justo antes de eventos que todavía no eran públicos. Entre los casos documentados hay apuestas sobre asesinatos políticos, sobre impagos de deuda soberana, sobre intervenciones militares. El argumento habitual de la industria es que Wall Street también tiene sus escándalos de información privilegiada. La diferencia es que Wall Street tiene una comisión reguladora, tribunales federales y un siglo de jurisprudencia respondiendo por eso. Polymarket tiene una opinión legal de Delaware y una promesa de descentralización que se cae apenas alguien cruza los datos on-chain con la línea de tiempo de las noticias.

Tampoco falta el episodio de puro absurdo: un grupo de usuarios acusó públicamente a la secretaria de prensa de la Casa Blanca de haber cortado una conferencia antes de tiempo para favorecer el resultado de una apuesta específica. La Casa Blanca lo desmintió. La acusación, de todos modos, ya había circulado lo suficiente como para que alguien, en algún lugar, ajustara su posición basándose en ella.

Y mientras tanto, la relación de Polymarket con la ley sigue siendo, como poco, incómoda. Nueva York la demandó esta semana por operar apuestas ilegales; Polymarket respondió con su propia demanda contra el estado, el mismo día. Un tribunal federal de apelaciones ya dictaminó que los estados sí pueden regular estos mercados como juegos de azar, justo lo contrario de lo que la empresa lleva meses argumentando. España abrió un expediente sancionador. Brasil la tiene bloqueada desde abril y volvió a activarse por las apuestas sobre su propia elección presidencial de octubre. En Alemania, apostar en política es directamente ilegal, y sin embargo hay decenas de mercados activos sobre política alemana, con más de un millón de dólares en volumen solo en las elecciones estatales de Baden-Württemberg, operando con la misma tranquilidad que si nada de eso importara.

Así que la próxima vez que un titular diga que “el mercado le da 90% de probabilidad” a que ocurra tal cosa, vale la pena hacerse la pregunta que casi ningún medio se hace antes de citarlo: ¿quién puso ese dinero, con qué información, y quién se beneficia de que vos le creas?