El presidente Trump anunció esta semana una renovación de 22,500 millones de dólares para el Aeropuerto Internacional Dulles, en Virginia, que eliminará los llamados “mobile lounges” —los característicos vehículos de traslado entre la terminal y los aviones que operan desde 1962 y que generaciones de viajeros han descrito como una de las experiencias menos queridas del aeropuerto. En su lugar, el proyecto contempla un nuevo tren de pasajeros en forma de U, un túnel peatonal central, más pasillos móviles y un estacionamiento elevado con capacidad para 32,000 vehículos. El anuncio se hizo desde el Despacho Oval, junto al secretario de Transporte, Sean Duffy, y al director ejecutivo de United Airlines, Scott Kirby.

El proyecto se suma a una lista cada vez más larga de obras con las que Trump busca, según reporta la Associated Press, dejar una marca permanente en la región de Washington antes de que termine su mandato en enero de 2029: entre ellas, un nuevo salón de baile para la Casa Blanca y un arco monumental de grandes dimensiones cerca del Lincoln Memorial. La autoridad que administra el aeropuerto confirmó que la primera fase visible de la modernización —una nueva Terminal E de 40,000 metros cuadrados con 14 puertas adicionales para United— está prevista para abrir a finales de este año, aunque el grueso del proyecto de 22,500 millones dependerá de aprobaciones adicionales del Congreso que, hasta el momento, no se han concretado, y de una estructura de financiamiento con bonos que la propia autoridad del aeropuerto describió como ya acordada con las aerolíneas.

El propio director ejecutivo de United ya había planteado, en el contexto de otro aeropuerto neoyorquino, que los costos operativos elevados de una terminal terminan trasladándose directamente a los pasajeros en forma de tarifas más altas —una dinámica que analistas del sector advierten podría repetirse en Dulles si los costos de esta renovación multimillonaria no se distribuyen con cuidado entre las aerolíneas de bajo costo que hoy mantienen competitivos los precios frente a aeropuertos cercanos como Reagan National y BWI. La construcción de la primera fase apenas comenzaría a fines de 2027, con la finalización completa proyectada recién para 2034.

Por qué esto importa más allá del anuncio de infraestructura: el patrón de grandes obras monumentales que Trump viene impulsando en Washington —un salón de baile presidencial, un arco triunfal, ahora un aeropuerto rediseñado por 22,500 millones— ocurre en paralelo a un momento de fuerte tensión fiscal, con una guerra en curso que ya empuja al alza el precio del petróleo y una Reserva Federal que mantiene las tasas de interés elevadas por quinta reunión consecutiva. Ninguno de estos proyectos de infraestructura tiene el mismo tipo de urgencia inmediata que las decisiones sobre aranceles o tasas de interés, pero juntos configuran una prioridad de gasto público que muchos analistas ya comparan con la ambición de dejar un legado físico visible, en un momento en que otras áreas del presupuesto federal enfrentan mucho mayor escrutinio.