El presidente Donald Trump recibió este martes en la Casa Blanca al primer ministro israelí Benjamin Netanyahu y al presidente ucraniano Volodymyr Zelenskyy en reuniones consecutivas y a puerta cerrada. Las citas, descritas por la Casa Blanca como “positivas y productivas”, se produjeron en un momento de pausa en los ataques contra Irán y de estancamiento en la guerra de Ucrania, justo cuando ambos líderes asistían al funeral del senador republicano Lindsey Graham, uno de los mayores defensores de Israel y Ucrania en el Capitolio.

Más allá de la foto oficial y los comunicados diplomáticos, estas reuniones representan mucho más que un gesto de cortesía. Constituyen un intento de Trump por reposicionarse como árbitro central en dos conflictos que han marcado el orden internacional desde 2022 (la invasión rusa a Ucrania) y que se intensificaron dramáticamente con la escalada contra Irán en 2026.

El contexto de dos guerras superpuestas

La guerra ruso-ucraniana cumple más de cuatro años de desgaste. Ucrania ha logrado resistir y contraatacar en varios frentes, incluyendo golpes a infraestructura rusa, pero enfrenta una campaña de misiles y drones que sigue castigando sus ciudades. Paralelamente, el conflicto con Irán —que estalló con fuerza en los últimos meses— ha alterado el equilibrio en Oriente Medio. Trump ordenó una pausa en los bombardeos estadounidenses para dar paso a la diplomacia, pero la tensión persiste y el Estrecho de Ormuz sigue siendo un punto crítico para el suministro global de petróleo.

En este escenario, las visitas simultáneas no son casuales. Trump busca proyectar control sobre dos teatros de guerra que, aunque geográficamente distantes, están conectados por el suministro de armas, la influencia rusa e iraní y el precio de la energía. Zelenskyy llegó pidiendo licencias para producir sistemas Patriot en Ucrania y mayor apoyo aéreo. Netanyahu, por su parte, busca reforzar la alineación con Washington contra el programa nuclear iraní y mantener el flujo de ayuda militar pese a diferencias tácticas.

Lectura geopolítica: ¿Un Trump más pragmático?

Estas reuniones muestran una evolución en el estilo de Trump. En su primer mandato priorizó la presión máxima y los Acuerdos de Abraham. Ahora, en su segundo periodo, parece inclinarse por un enfoque transaccional: menos intervencionismo ideológico y más énfasis en “América Primero”. Con Zelenskyy, las relaciones han mejorado tras tensiones iniciales, reconociendo los avances ucranianos en el campo de batalla. Con Netanyahu, el tono es más frío: Trump ha criticado públicamente algunas acciones israelíes y prioriza estabilizar el precio del petróleo antes que una escalada regional total.

El contraste con la era Biden es notable. Mientras la anterior administración mantenía un apoyo casi incondicional a Ucrania y una contención cuidadosa hacia Irán, Trump mezcla presión, sanciones y negociación directa. Su objetivo aparente es cerrar conflictos que drenan recursos estadounidenses y distraen de la competencia estratégica con China.

Impacto en los mercados y la economía global

Los mercados reaccionaron con moderado optimismo a la pausa en los ataques contra Irán y a estas reuniones. Tras la escalada bélica, el petróleo Brent había superado los 90-100 dólares por barril en picos de incertidumbre. La diplomacia activa y la posibilidad de un acuerdo con Teherán ayudaron a estabilizar los precios, aliviando la inflación en Estados Unidos y Europa.

Sin embargo, la volatilidad persiste. Una resolución duradera en Ucrania podría reducir aún más los precios energéticos (al aliviar la presión sobre el gas europeo), pero un fracaso en las conversaciones con Irán volvería a dispararlos. Wall Street observa con atención: acciones de defensa subieron ligeramente ante posibles contratos de Patriot, mientras que sectores sensibles a la energía (aerolíneas, transporte) celebraron la desescalada temporal.

¿Por qué es importante este momento?

Estas reuniones condensan el nuevo desorden mundial multipolar. Rusia e Irán, pese a sanciones, mantienen capacidad de resistencia. China observa desde lejos, ganando influencia como proveedor alternativo. Europa, agotada por el apoyo a Ucrania, mira a Washington en busca de liderazgo.

Trump intenta usar el poder estadounidense como palanca para forzar negociaciones, no como herramienta de cambio de régimen. Si logra avances —aunque sean parciales— en licencias de misiles para Ucrania y contención nuclear iraní, podría reivindicar un enfoque “realista” que prioriza resultados concretos sobre ideología.

Pero los riesgos son altos. Una paz impuesta en Ucrania que favorezca a Moscú podría desmoralizar a la OTAN. Una reconciliación parcial con Irán enfurecería a sectores duros en Israel y en el Partido Republicano. El mundo de 2026 ya no es el de 2022: las guerras se prolongan, los aliados dudan y el “líder mundial” debe negociar con límites claros de recursos y voluntad doméstica.

En definitiva, las visitas de Netanyahu y Zelenskyy no solo honran la memoria de Lindsey Graham. Marcan un intento de Trump por cerrar capítulos costosos y redirigir la política exterior estadounidense hacia un pragmatismo que, en un mundo cada vez más multipolar, podría definir el resto de su mandato.