Esta historia empezó en enero y hoy tiene final. Jorge Figueira, un venezolano de 60 años que vivía en Miami, fue condenado el martes 3 de noviembre a 12 años de prisión por conspiración para lavar dinero. Lo anunció la Fiscalía del Distrito Este de Virginia, que dice que su red “lavó miles de millones de dólares para numerosos y variados actores ilícitos”, entre ellos organizaciones de narcotráfico. La sentencia la dictó el juez federal Rossie D. Alston Jr., y Figueira aceptó una sentencia de decomiso de 1.000 millones de dólares.

Les explico cómo funcionaba, porque es lo que a mí más me interesa de este caso. Según el Departamento de Justicia, el dinero sucio se convertía en criptomonedas y se mandaba a una cadena de billeteras digitales. De ahí Figueira lo enviaba a proveedores de liquidez que lo cambiaban por dólares, los dólares caían en sus cuentas bancarias y finalmente salían hacia los destinatarios, con empresas de fachada de por medio. Por la billetera y las cuentas que identificaron los investigadores pasaron más de 1.000 millones de dólares, con destino a empresas y personas en Estados Unidos y en países que la fiscalía considera de alto riesgo, como Colombia, China, Panamá y México. Cuando lo acusaron, en enero, la misma fiscalía advirtió que el delito podía costarle hasta 20 años.

Quiero ser preciso con lo que el expediente dice y con lo que no dice. El comunicado no vincula a Figueira con el chavismo ni con ningún funcionario venezolano, y no voy a ser yo quien lo insinúe. Lo que sí deja claro es algo que a la comunidad cripto le conviene oír sin adornos: la cadena de bloques no es un escondite. Cada movimiento queda registrado, y en este caso los investigadores identificaron la billetera y las cuentas por donde pasó el dinero, incluidas las cuentas en dólares, que es donde estos esquemas suelen tropezar.

Y aquí hay una lección práctica para muchos venezolanos que usan USDT o Binance para mandar remesas o protegerse de la inflación. Si alguien le ofrece “mover” dinero ajeno por sus cuentas a cambio de una comisión, o le pide prestada su billetera, dígale que no. Así se recluta a las mulas de dinero, y la que termina frente a un juez suele ser la persona cuyo nombre aparece en la cuenta. ¿Cuántos casos como este hacen falta para que dejemos de ver las criptomonedas como tierra de nadie?