El precio del petróleo subió más de 2% este lunes, superando los 90 dólares por barril, después de que la Guardia Revolucionaria de Irán reportara que dos petroleros quedaron inmovilizados tras explosiones en el Estrecho de Ormuz —la vía marítima por la que transita aproximadamente una quinta parte del suministro mundial de petróleo. El salto llega en el noveno día consecutivo de bombardeos entre Estados Unidos e Irán, después de que las conversaciones de paz colapsaran este fin de semana por un desacuerdo específico sobre el estatus de ese mismo estrecho.

El impacto inmediato de esta escalada se está sintiendo directamente en las expectativas sobre la política monetaria de Estados Unidos: según el CME FedWatch Tool, los mercados asignan ahora cerca de 90% de probabilidad a que la Reserva Federal mantenga las tasas de interés sin cambios en su próxima reunión, programada para el 28 y 29 de julio, con el riesgo inclinado hacia una eventual subida más adelante en el año, no hacia un recorte. Es un giro significativo respecto a las expectativas de hace apenas unas semanas, cuando el reporte de inflación de junio —más frío de lo esperado, en gran parte por una caída puntual en los precios de la gasolina— había alimentado la idea de que la Fed tendría margen para relajar su postura.

Analistas de mercado, incluida la plataforma BloFin, advierten que un nuevo salto sostenido en el precio del crudo podría transformar por completo la lectura de ese dato de inflación de junio, de “moderado” a “restrictivo” —es decir, la misma cifra que hace dos semanas generaba optimismo podría, retrospectivamente, quedar opacada si el conflicto sigue empujando al alza el costo de la energía en julio. Esa es, en esencia, la advertencia que economistas como Heather Long, de Navy Federal Credit Union, ya habían planteado apenas se conoció el dato de junio: el respiro podía ser breve si la guerra con Irán volvía a escalar, y eso es exactamente lo que está ocurriendo.

Por qué esto importa para el bolsillo de una familia hispana promedio: el precio de la gasolina es, junto con los alimentos, uno de los gastos que más rápido y más directamente sienten los hogares de ingresos medios y bajos, y una Reserva Federal que mantiene —o incluso sube— las tasas de interés significa hipotecas, tarjetas de crédito y préstamos de auto más caros, justo en un momento en que esas mismas familias ya cargan con el peso combinado de los aranceles y el impuesto del 1% a las remesas. La combinación de una guerra sin fecha clara de resolución y una Fed cada vez más cautelosa deja al consumidor promedio en una posición donde ninguna de las señales económicas recientes apunta, por ahora, hacia un alivio real de corto plazo.