La Reserva Federal dejó esta semana las tasas de interés sin cambios por quinta reunión consecutiva, priorizando contener una inflación que sigue corriendo por encima de su meta antes que estimular el crecimiento económico con un recorte. La decisión, sin embargo, no fue unánime dentro del propio comité: tres funcionarios de la Fed argumentaron a favor de subir las tasas, no de mantenerlas, evidenciando una división interna cada vez más visible sobre cómo responder a un cuadro económico que combina inflación persistente con señales de desaceleración.

Esa fractura interna no es casualidad ni ruido de una sola reunión: se enmarca en semanas de presión creciente sobre los precios de la energía, impulsada por la escalada del conflicto entre Estados Unidos e Irán, que esta semana llevó al petróleo a superar los 90 dólares por barril tras un ataque que dejó inmovilizados a dos petroleros en el Estrecho de Ormuz. Cuando el costo de la gasolina y el diésel sube de forma sostenida, se traslada con rapidez al resto de la economía —transporte, alimentos, manufactura—, y es exactamente ese canal de transmisión el que preocupa a los funcionarios que empujaron por una subida esta semana.

La postura de la Fed se sostiene, por ahora, gracias a que el mercado laboral no ha mostrado señales de deterioro grave que justifiquen un recorte urgente, mientras que la inflación tampoco ha bajado lo suficiente como para que un recorte sea la decisión obvia. Es un equilibrio incómodo: ni la economía se enfría lo bastante rápido como para necesitar estímulo, ni la inflación cede lo suficiente como para no preocupar. La consecuencia práctica es que el costo del crédito —hipotecas, tarjetas, préstamos de auto— se mantiene elevado por quinta reunión seguida, sin ninguna señal de alivio inminente.

Por qué esto importa para una familia hispana promedio: cada reunión en la que la Fed decide no bajar las tasas es una reunión más en la que el costo de financiar una casa, un auto o una deuda de tarjeta de crédito sigue siendo alto, en un momento en que esos mismos hogares ya cargan con el peso combinado de los aranceles —que acaban de reconfigurarse esta semana bajo una nueva base legal— y el impuesto del 1% a las remesas. La división de tres votos a favor de subir las tasas, en vez de solo mantenerlas, es la señal más clara hasta ahora de que, dentro de la propia Fed, el riesgo que más preocupa ya no es una economía débil, sino una inflación que todavía no está bajo control.