Alfonso “Alfy” Fanjul Gómez-Mena, una de las figuras más influyentes del empresariado cubanoamericano de los últimos cincuenta años, falleció el lunes 3 de agosto en un centro de salud de la ciudad de Cleveland, Ohio, a los 89 años de edad, donde recibía atención por complicaciones de salud relacionadas con problemas renales y de movilidad. La noticia fue confirmada por el Palm Beach Daily News y, posteriormente, por un comunicado oficial de Central Romana Corporation, la empresa dominicana que Fanjul copresidía junto a sus hermanos. Hasta el momento no se han divulgado las causas exactas de su muerte ni los detalles de las ceremonias fúnebres.

Nacido en La Habana en 1937, Fanjul pertenecía a una de las familias azucareras más poderosas e influyentes de la Cuba republicana: su padre y su madre, Lillian Rosa Gómez-Mena, descendían de dos dinastías cañeras que en conjunto controlaban diez ingenios azucareros y extensas propiedades agrícolas. Tras el triunfo de la revolución de 1959, la familia lo perdió todo y salió al exilio. En 1961, Alfonso Fanjul padre, junto con otros refugiados cubanos, compró terrenos en Florida y comenzó de cero bajo el nombre de Osceola Farms Company —el germen de lo que con el tiempo se convertiría en Florida Crystals, uno de los mayores conglomerados azucareros del mundo. Alfy trabajó codo a codo con su padre en esos primeros años de reconstrucción del negocio familiar, y décadas más tarde, junto a sus hermanos José “Pepe”, Alexander y Andrés, expandió ese imperio hacia República Dominicana con Central Romana Corporation, convirtiendo la región de La Romana —antes dedicada solo al cultivo de caña— en uno de los destinos turísticos más exclusivos del Caribe a través del desarrollo de Casa de Campo, con hoteles de lujo, campos de golf internacionales y un aeropuerto propio.

El peso económico y político de la familia Fanjul llegó a ser considerable: hoy controla un imperio azucarero e inmobiliario valorado en unos 8,200 millones de dólares, y sus contribuciones a campañas presidenciales y congresionales han sido, según Café Fuerte, un factor determinante en la política de Florida durante décadas, incluyendo el ascenso político de Marco Rubio y el respaldo empresarial a Donald Trump. Alfy mantuvo además relaciones personales estrechas con figuras de primer nivel: fue cercano a Bill Clinton durante su presidencia —al punto de que un envío de tabacos cubanos como obsequio terminó mencionado durante el escándalo de Mónica Lewinsky en 1998— y también fue amigo íntimo del rey emérito de España, Juan Carlos I, según reportó El Español.

Lo que distingue la biografía de Alfy Fanjul de la de otros grandes empresarios del exilio cubano es un giro que sorprendió a buena parte de esa misma comunidad: con el paso de los años, se convirtió en la voz más abierta de su familia a favor de una eventual normalización de relaciones entre Estados Unidos y Cuba. En 2014, se supo que había viajado de forma discreta a la isla para reunirse con autoridades cubanas y explorar el terreno que empezaba a abrirse tras los primeros contactos entre Washington y La Habana. “La familia Fanjul vivió 150 años en Cuba, y a la hora de la verdad, me gustaría vernos de vuelta en Cuba, donde empezamos… pero tiene que ser en las circunstancias apropiadas”, declaró en una ocasión a un diario estadounidense, dejando claro que ese regreso solo sería posible bajo un cambio político real en la isla, no como gesto simbólico.

Esa disposición cobró una relevancia inesperada este mismo año. En el marco de las negociaciones entre La Habana y Washington iniciadas a comienzos de 2026, el propio presidente Trump mencionó públicamente a la familia Fanjul como uno de los símbolos más poderosos de la comunidad cubanoamericana que estarían dispuestos a regresar a Cuba y participar activamente en la reconstrucción económica del país, en caso de darse una transición. Que esa mención presidencial llegue apenas semanas antes de la muerte de Alfy —la cara más visible de esa disposición familiar— deja en el aire una pregunta sobre qué tan vigente sigue esa voluntad de retorno entre sus hermanos y la siguiente generación de la familia, ahora que su principal impulsor ya no está.

El empresario y productor musical Emilio Estefan, otra figura influyente del exilio cubano en Miami, resumió el sentir de buena parte de la comunidad en un mensaje enviado a Diario Las Américas: “Una gran pérdida, UN GRAN HOMBRE”. Central Romana Corporation, por su parte, destacó en su comunicado oficial “la visión empresarial, el liderazgo y el legado” que Fanjul deja tras más de cuatro décadas al frente de la compañía, un legado que trasciende lo puramente comercial: la reconstrucción de una fortuna familiar borrada por la revolución, la creación de miles de empleos en Florida y República Dominicana, y una postura política que, sin dejar nunca de ser fervientemente anticastrista en sus orígenes, terminó abriéndose —con condiciones— a la posibilidad de un regreso.

La trayectoria empresarial de Fanjul tampoco estuvo exenta de controversia dentro de Estados Unidos. Durante décadas, la industria azucarera protegida por aranceles y cuotas de importación —un sector en el que la familia Fanjul fue uno de los actores dominantes— generó críticas recurrentes de economistas y de organizaciones de consumidores, que argumentaban que esas políticas encarecían artificialmente el azúcar para millones de hogares estadounidenses mientras beneficiaban de forma desproporcionada a un puñado de grandes productores. Ese mismo poder de cabildeo, sin embargo, es el que le permitió a la familia mantener una influencia política sostenida en Washington y en Tallahassee durante generaciones, independientemente de qué partido controlara el Congreso o la Casa Blanca en cada momento.

El propio recorrido geográfico de la familia Fanjul —de Cuba a Florida, y de Florida a República Dominicana— funciona casi como un mapa de las rutas que ha seguido el capital y el talento cubano exiliado a lo largo de más de sesenta años, adaptándose a distintos países y mercados sin perder nunca del todo la referencia original a la isla que los vio nacer. Esa capacidad de reinvención sostenida, generación tras generación, es parte de lo que numerosos análisis sobre la comunidad cubanoamericana en Florida identifican como uno de los rasgos distintivos de ese exilio en particular, frente a otras diásporas latinoamericanas más recientes y todavía en pleno proceso de asentamiento económico en Estados Unidos.

Por qué esto importa para la comunidad cubana en Estados Unidos: la muerte de Alfy Fanjul cierra el capítulo de uno de los últimos grandes patriarcas de la generación que reconstruyó su vida y su fortuna desde cero tras el exilio de 1959, una generación cuya influencia política y económica en Florida —y en la relación bilateral entre Washington y La Habana— ha sido decisiva durante más de sesenta años. Con las negociaciones actuales entre ambos gobiernos todavía en una etapa incierta, y con la propia Casa Blanca habiendo señalado a esta familia como posible puente entre el capital cubanoamericano y una futura reconstrucción de la isla, la partida de su voz más conciliadora deja abierta una incógnita real sobre qué papel jugará la próxima generación de la dinastía Fanjul —y, por extensión, otras grandes fortunas del exilio— si Cuba efectivamente entra en un proceso de transición en los años por venir.