El Producto Interno Bruto (PIB) de Venezuela creció 7.14% interanual en el segundo trimestre de 2026, según informó este martes el Banco Central de Venezuela (BCV), con lo que la economía venezolana acumula 21 trimestres consecutivos de expansión. El resultado marca además una aceleración notable frente al primer trimestre del año, cuando el crecimiento había sido de apenas 2.51%. El motor principal fue la actividad petrolera, que se expandió 9.10%, mientras que el sector no petrolero avanzó 5.79%, impulsado, según el propio BCV, por “una mayor venta de divisas para la producción nacional”. Los sectores de mejor desempeño en el trimestre fueron actividades financieras y de seguros, con 26.26%, y construcción, con 16.11%.
El contraste que las cifras oficiales no muestran
Pese a esta racha de crecimiento sostenido, la realidad salarial de buena parte de la población venezolana cuenta una historia radicalmente distinta. Sindicalistas y trabajadores de varios sectores denuncian que persiste una severa crisis salarial en el país: el sueldo mínimo y la pensión equivalen hoy a apenas unos 16 centavos de dólar al mes a la tasa oficial de cambio, mientras que la canasta alimentaria necesaria para una familia de cinco personas supera los 700 dólares mensuales, según estimaciones independientes citadas por Bloomberg Línea. Es una brecha que ilustra, con crudeza, cómo el crecimiento agregado de la economía no se está traduciendo, al menos hasta ahora, en una mejora proporcional del poder adquisitivo de los trabajadores venezolanos.
Las proyecciones internacionales, más cautas que el propio gobierno
El Programa de las Naciones Unidas para el Desarrollo (PNUD) proyecta un crecimiento más moderado del PIB venezolano para el cierre de 2026, cercano a 6.5%, junto con una inflación que rondaría el 385% anual. En un informe divulgado la semana pasada, el PNUD explicó que esa estimación de crecimiento “ya incorpora la reducción de medio punto porcentual asociada al impacto inicial” del doble sismo del pasado 24 de junio, que calculó en unos 6,700 millones de dólares en daños directos —aunque el propio organismo aclaró que su proyección todavía no incluye plenamente los efectos de demanda derivados de la reconstrucción, que podrían manifestarse con mayor fuerza durante 2027.
El propio gobierno reconoce los desafíos estructurales que persisten
La presidenta encargada, Delcy Rodríguez, destacó públicamente los 21 trimestres consecutivos de crecimiento y un aumento de 9.6% en el consumo de alimentos durante la apertura de siete nuevos mercados Mercal el domingo pasado. El BCV, por su parte, reconoció en su propio comunicado la necesidad de “fortalecer las condiciones para incrementar la producción nacional”, una formulación que deja entrever, incluso en el lenguaje oficial, que el crecimiento actual todavía no resuelve los cuellos de botella productivos de fondo que arrastra la economía venezolana desde hace años.
Por qué esto importa para la diáspora venezolana: la coexistencia de 21 trimestres de crecimiento económico oficial con un salario mínimo que equivale a centavos de dólar es, para buena parte de la diáspora venezolana, una contradicción dolorosamente familiar —la misma que muchos vivieron antes de emigrar—. Estas cifras ayudan a explicar por qué las remesas siguen siendo, para millones de familias dentro de Venezuela, un componente indispensable del ingreso familiar real, independientemente de lo que reflejen los indicadores macroeconómicos agregados: mientras la economía crece en las estadísticas del Banco Central, el poder de compra de un salario devengado dentro del país sigue estando muy por debajo de lo que necesita cualquier familia venezolana para cubrir sus necesidades básicas.
