Wall Street abrió este martes con fuertes ganancias y el S&P 500 marcó un nuevo máximo histórico en las primeras operaciones, impulsado por la expectativa de que Estados Unidos e Irán estén cerca de sellar un acuerdo para reabrir por completo el Estrecho de Ormuz, la vía marítima por la que circula cerca de una quinta parte del petróleo que se comercia en el mundo. El precio del crudo reaccionó en sentido contrario y con fuerza: los futuros del petróleo WTI cayeron 4.6%, hasta 76.60 dólares por barril, mientras que el Brent retrocedió 4.06%, hasta 80.37 dólares, según datos recogidos por el diario chileno El Mercurio. Fuentes del gobierno estadounidense aseguraron que un acuerdo definitivo podría concretarse antes del miércoles, de acuerdo con El Tiempo.
Para entender por qué el mercado reaccionó con tanta fuerza a esta noticia, hay que repasar los meses de tensión que la precedieron. La crisis del Estrecho de Ormuz de 2026 comenzó formalmente en marzo, cuando Trump amenazó con una “destrucción total” si Irán no reabría la vía marítima, en medio de una guerra que había llevado a Teherán a cerrar el paso como represalia por ataques israelíes. Durante semanas, Trump fue extendiendo ultimátums sucesivos —primero hasta el 6 de abril, luego con prórrogas adicionales— mientras amenazaba públicamente en Truth Social con atacar centrales eléctricas iraníes. El 7 de abril, tras una mediación de Pakistán, Trump anunció un alto el fuego de dos semanas condicionado a que Irán aceptara la “apertura completa, inmediata y segura” del estrecho. El 17 de junio, Trump y el presidente iraní Masoud Pezeshkian llegaron a firmar un memorándum de entendimiento para poner fin a la guerra y a los bloqueos, pero apenas tres días después, Irán volvió a cerrar el paso, alegando que ataques israelíes en el sur del Líbano violaban lo acordado —una acusación que el ejército estadounidense negó.
Ese patrón de acuerdos que se rompen casi tan rápido como se anuncian es precisamente lo que explica la cautela que todavía persiste entre varios analistas de mercado, incluso con las señales positivas de esta semana. Es importante notar, además, que la negociación actual no es directamente entre Washington y Teherán: el propio portavoz diplomático iraní, Esmail Baqai, aclaró que “en este momento no estamos negociando con Estados Unidos. Estamos negociando con Omán para garantizar un paso seguro por el Estrecho de Ormuz”, ya que Omán se encuentra en la costa sur del estrecho y actúa como intermediario. Según un miembro del comité negociador iraní citado por CNN en Español, el objetivo de Teherán es establecer “acuerdos temporales” de uno a tres meses de duración en los que Irán mantenga el control operativo de la seguridad, el desminado y los servicios marítimos de la zona —lejos de la “apertura completa e incondicional” que Washington había exigido meses atrás.
El Centro Conjunto de Información Marítima, supervisado por la Armada de Estados Unidos, ya había anunciado a fines de junio una ruta ampliada cerca de Omán que permitía mayor tráfico naval en ambas direcciones, como una forma de desafiar el control unilateral de Irán sobre la vía. El Wall Street Journal reportó en ese momento que varios destructores estadounidenses ingresaron al estrecho por primera vez desde el inicio de la guerra, en lo que un funcionario describió como una “operación centrada en la libertad de navegación en aguas internacionales”. Ese despliegue militar, combinado con la presión diplomática constante, es el telón de fondo sobre el que ahora se negocia este posible acuerdo final.
El impacto de esta noticia no se limita al precio del petróleo. Apenas la semana pasada, Japón y Estados Unidos habían llevado a cabo su primera intervención coordinada en el mercado de divisas desde 1998 para frenar el desplome del yen, en un contexto de alta volatilidad cambiaria global. La combinación de esa intervención monetaria histórica con esta ahora posible resolución del conflicto de Ormuz dibuja una semana particularmente movida para los mercados internacionales, en la que dos frentes de incertidumbre —uno cambiario, otro geopolítico— parecen destrabarse casi al mismo tiempo. Analistas de mercado, sin embargo, han advertido que este tipo de optimismo ya se ha visto revertirse antes: Adam Crisafulli, fundador de la firma Vital Knowledge, comentó recientemente que “esto ya lo hemos vivido antes”, en referencia a anteriores anuncios de tregua con Irán que después no se sostuvieron sobre el terreno.
Para el consumidor promedio en Estados Unidos, una caída del precio del petróleo de esta magnitud tiene un efecto directo y relativamente rápido: los precios de la gasolina en el surtidor tienden a moverse en la misma dirección que el crudo, con un rezago de días más que de semanas. Esto llega en un momento políticamente sensible, a poco más de tres meses de las elecciones intermedias de noviembre, en las que el costo de vida —y específicamente el precio de la gasolina y los alimentos— ha sido uno de los temas centrales del descontento ciudadano con la gestión económica de la administración Trump, según encuestas recientes citadas por Telemundo.
Este episodio también se cruza con otro frente que ya veníamos siguiendo de cerca: la salud del dólar frente a otras monedas. La intervención coordinada de Japón y Estados Unidos en el mercado de divisas de la semana pasada tenía como objetivo frenar el desplome del yen, pero un dólar más estable —o más débil, dependiendo de cómo evolucione esta negociación con Irán— tiene consecuencias directas sobre el poder adquisitivo de las remesas que millones de hispanos en Estados Unidos envían mensualmente a países como México, Colombia, Venezuela o Cuba. Un petróleo más barato generalmente alivia la presión inflacionaria en Estados Unidos, lo que a su vez reduce la urgencia de la Reserva Federal para mantener tasas de interés elevadas —y las tasas de interés, junto con la inflación relativa entre países, son uno de los factores que más influye en el valor real que termina recibiendo una familia al otro lado de una remesa. En otras palabras, aunque la negociación sobre el Estrecho de Ormuz ocurre a miles de kilómetros de distancia, sus efectos en cadena —vía inflación, tasas de interés y tipo de cambio— sí llegan, con cierto rezago, hasta el dinero que se envía cada quincena a la familia en el país de origen.
Por qué esto importa para la comunidad hispana en Estados Unidos: una caída sostenida del petróleo se traduce, en términos prácticos, en menos presión inflacionaria sobre dos de los gastos que más pesan en el presupuesto familiar —gasolina y transporte de mercancías, que a su vez afecta el precio de los alimentos—, justo los sectores que economistas han identificado como los más golpeados por la volatilidad energética de los últimos meses. Pero la historia reciente, y bastante accidentada, de este mismo conflicto —acuerdos anunciados con entusiasmo que se rompen semanas después— es una razón de sobra para no celebrar todavía: si el acuerdo con Omán resulta ser, como advirtió el propio negociador iraní, un arreglo temporal de apenas uno a tres meses en el que Irán retiene el control operativo del estrecho, es razonable esperar que esta calma en los precios del petróleo sea, en el mejor de los casos, un respiro pasajero antes de la próxima ronda de tensión.
