Hace unas semanas, buscando un ángulo para el análisis de la noche, me quedé con una idea: Trump trata a Venezuela como un botín de guerra. Me pareció fuerte decirlo así. Este martes, en Texas, lo dijo él mismo.
Fue en el puerto de Corpus Christi, en un mitin para los candidatos republicanos de cara a las elecciones del 3 de noviembre, con el tanquero de crudo venezolano de fondo. Según la transcripción que publicó La Nación, Trump dijo que estaba “celebrando la mayor victoria petrolera de la historia”, y luego soltó: “Al vencedor le corresponden los despojos, ¿verdad?”. Repitió la idea con otras palabras, “al vencedor le pertenecen las riquezas”, y remató con algo que ya había insinuado antes: que Venezuela “tal vez algún día cercano se convierta en un próspero estado número 51”. Y fue más allá: “Hagámoslo el estado 51 y, en lugar de un presidente, tendremos una elección para gobernador”. De Venezuela dijo una cosa más, la que explica todo lo demás: “Tienen mucho petróleo”.
El tono fue de mitin, informal, y no hubo ningún anuncio oficial detrás. Nadie en la Casa Blanca ha presentado un plan para anexar Venezuela, ni existe un mecanismo real para hacerlo. Pero sería un error tomarlo como un simple chiste, por una razón sencilla: es el presidente de Estados Unidos hablando de un país soberano con el que tiene un acuerdo petrolero que le da acceso a una parte de sus reservas, y lo hace mientras recibe un millón de barriles de crudo que él mismo llamó “regalo”, como les conté en la nota sobre el tanquero.
Lo que no cuadra
Lo que más me llama la atención es la contradicción con su propio Gobierno. Un día antes, un alto funcionario del Departamento de Estado explicaba la hoja de ruta que respalda Washington: nuevo TSJ, nuevo CNE, vacancia de Delcy Rodríguez y seis meses para convocar elecciones presidenciales, como expliqué en esta nota. Presidenciales, no de gobernador. Marco Rubio lleva semanas hablando de instituciones, de reconciliación y de transición ordenada. Y Trump, en tarima, dice que lo que toca es elegir un gobernador.
¿Cuál de los dos mensajes es el real? Probablemente los dos conviven: el de Rubio para la diplomacia, el de Trump para el votante de Texas que quiere oír que Estados Unidos “ganó” y que la gasolina va a bajar. Pero para el venezolano el efecto es el mismo: la sensación de que el futuro del país se discute en un puerto de Texas y no en Caracas.
Hay algo más que no se puede pasar por alto. Durante años, el chavismo usó el argumento del “imperio que quiere nuestro petróleo” para justificar todo. Muchos venezolanos lo veíamos como propaganda, y en buena parte lo era. Que hoy sea el propio presidente de Estados Unidos quien diga en público “al vencedor le pertenecen las riquezas” le regala a Delcy Rodríguez y a Diosdado Cabello exactamente la frase que necesitaban.
Yo no creo que Venezuela vaya a ser el estado 51. Pero sí creo que la frase deja una pregunta que ningún venezolano debería dejar de hacerse: si Washington habla de nosotros como un botín, ¿quién va a defender que la próxima elección sea de verdad para elegir un presidente?
